Diarios de cuarentena

Por Alejandra Abad y Verónica Lira

Madrid, España

Foto por Alejandra Abad

Hace días que no me puedo quitar de la mente la canción de Jorge Dextler, Al otro lado del río. Como si quisiera pensar que este mes que en teoría estaremos encerrados (con previsión a otro mes, si nos va bien) va a terminar pronto y que mientras pueda ver el terreno baldío frente de casa de mi novio, plagado de amapolas y hierbajos amarillos, no me volveré loca en medio del encierro.

En la capital española, el día 16 de marzo fue el inicio cuarentena obligatoria. En un principio, solo podrías salir a sacar a tu perro y a comprar comida. Las calles se han llenado entonces de policías que interrogan, sin ton ni son, a donde vas, donde están tus papeles, y si es cierto que vives donde vives. Drones vigilan las zonas usualmente más concurridas de Madrid, y helicópteros sobrevuelan la ciudad bajo la premisa de garantiza que el estado de alerta se cumpla. Es sorprendente como Franco dejó escuela en la España Moderna.

Por supuesto, no podemos decir que esta cuarentena obligatoria nos tomó por sorpresa. Dejando entrever las intenciones de una cuarentena total, el gobierno español decreta el cierre de las escuelas del día 9 de marzo. Todos sabíamos lo que se avecinaba. Mi novio, maestro de inglés en una de las zonas pijas de Madrid, parece alarmado. Hacemos la compra para su casa y ese mismo día en la noche me dirijo a la mía. No había pasado mucho tiempo desde que las noticias de nuestro vecino italiano nos comieran la cabeza con los pensamientos más alarmistas que a nuestro subconsciente se nos ocurriera. ¿Y si pasa aquí? ¡estamos demasiado cerca!

Finalmente, el día llegó. Los afortunados que compraron en la semana del 9 al 15 estaban mejor preparados que la mayoría. Como en muchos lugares, el papel higiénico desapareció junto a los alimentos enlatados, las alubias, el arroz y las pastas. Tuve la suerte que el supermercado de mi barrio había estado cerrado por renovaciones, por lo que pude comprar sin demasiadas preocupaciones al día siguiente del inicio del estado de alarma. Ver a la población madrileña, conformada por su mayoría de abuelitos, peleándose por la ultima lata de aceitunas, fue desconcertante.

Entre el asombro de vivir Contagion a mis tiernos 26 años de edad, y la confusión causada por escuchar a una señora fácilmente octogenaria gritándome que le pasara dos botellas de tomate frito, regresé a mi casa con un optimismo casi patético de que, efectivamente, solo estaríamos 15 días encerrados.

Mis tres compañeros de piso y yo nos volvimos un equipo para sobrellevar esta situación histórica. Teníamos las alacenas llenas y un horario para lavar la ropa y cocinar. Por supuesto, mi gran amiga fue la pequeña ventana que da al patio interior de un cumulo de edificios, que, aun así, no dejaba pasar la suficiente luz natural para que me sintiera poco menos en un bunker. Y, obviamente, las tenciones entre los miembros de la casa no tardaron en aparecer. Era una versión cutre del Big Brother, sin alberca, sin barra libre y sin nominados al llegar el domingo.

Entonces, algo mágico apareció. A las 20:00 horas, todos los días, los vecinos salíamos a cantar y a aplaudir a todas las personas que trabajan en sanidad, farmacias y supermercados. Y junto a nuestras palmas aparecieron canciones: “Resistiré, erguido frente a todo, me volveré de hierro para endurecer la piel”. Entre mi adorable vecino pianista, que nos daba dos conciertos durante el día, discos espontaneas en balcones que no podía ver, Tusa tocada a la misma frecuencia que el himno español, y a las 20:00 horas, me sentía menos sola.

A unos cuantos días de empezar, los aplausos de las 8, se convirtieron en el highlight de mi encierro. Es cierto, mantenerse ocupado no es fácil, es mucho más sencillo dejarse vencer por la depresión, consecuencia de la falta de vitamina D, que idear un horario e inventarse actividades para no aburrirse durante el día. Una amiga dice que es casi como volver a ser niños, buscando maneras de desempolvar nuestra imaginación e imaginar que vivimos en un palacio en lugar de un piso interior, sin luz natural, de 70 metros cuadrados, que tienes que pagar entre cuatro personas porque no te alcanza para pagarlo por tu cuenta.

Así, mi primera semana se diluyó entre tutoriales de maquillaje, dibujos y Duolingo, pero a la semana y media la tensión en el piso dichas 3 personas más y yo ayudamos a pagar para que una ilusa votante del VOX tenga más dinero que malgastar a fin de mes, era demasiada como para que pudiera soportarla. Hui de mi casa, y encontré refugio en el piso de mi novio, que afortunadamente me ama lo suficiente como para tenerme en su casa, aunque haya salido al hostil exterior.

Por supuesto, sin besos ni abrazos hasta que saliese de la ducha, limpia y desinfectada. Su piso entonces se convirtió en mi refugio. Con su pequeño, pero ahora imprescindible balcón, y las vistas que solo puedes obtener desde un sexto piso ubicado en la zona alta de Madrid, la sanidad había regresado momentáneamente a mí.

No obstante, la ansiedad no se ha disipado. Los números de contagiados y fallecidos diarios, si bien ayudan a los más escépticos a permanecer dentro de casa, nos dejan al borde de un ataque de nervios a la mayoría. Arreglar un horario en el cual ver las noticias, en lugar de verlas todo el día, y seguir al pendiente de mis tutoriales de YouTube, mis clases de Duolingo y mis dibujos, fingir que haré ejercicio, aunque en realidad solo termine haciendo algunas sentadillas, le da un sentido a mi día. Y por supuesto, los aplausos de las 8.

“El día le irá pudiendo poco a poco al frío”, canta Dextler. Y mientras marzo se despide con una combinación de nevadas inesperadas y lluvias intensas, un poquito de sol sale para recordarnos que la primavera esta cerca, y que, con suerte, al terminar la cuarentena, no habremos sucumbido a la locura.

Ciudad Satélite, México

Foto por Verónica Lira

Tres escalones de mi cuarto a la sala, diez escalones de la sala al pasillo, cinco más para la cocina. De regreso. Dos de la mañana y no puedo dormir, otro día con ansiedad y temblores nocturnos, uno más de aguantarse las lágrimas. Pero ¿por qué estoy llorando ahorita si lo tengo todo? Refrigerador lleno, familia en casa, ventanas con sol, mucho sol de Abril. Me vuelvo loca por los que están afuera, los que tienen que salir; por los corajes que hago con cada mañanera y cada abrazo que no puedo dar.

A diferencia de otros lugares la cuarentena obligatoria no existe en México, aquí tenemos campañas de sana distancia y patrullas con bocinas recordándonos que es mejor permanecer en casa. Parece ridículo pero no lo es del todo. Acá no todos pueden quedarse en casa porque muchos no tienen una, otros viven al día y no pueden cerrar la fondita de la esquina, siguen cocinando y siguen llevando pedidos. Acá no hay suficientes recursos para que los hospitales operen con regularidad, mucho menos para que operen durante una pandemia. Somos el quinto país con más enfermos de diabetes, aunque por supuesto están todos esos que nunca han ido al doctor y probablemente la tienen. En México la desigualdad es la peor parte de la cuarentena.

Cuando todo esto comenzó yo regresaba de un viaje a la playa. En el mundo ya había miles de muertes, decenas de miles en hospitales y en la capital española ya habían cerrado las escuelas. Mientras tanto yo caminaba por el aeropuerto con guantes, manga larga y cubrebocas. “Modo ridícula” decía en mi cabeza, decía mi novio, decía la gente. Y es que nadie, ni siquiera yo – la alarmista, la asquerosilla, la picky – imaginábamos que esto se pondría tan mal.

Las compras de pánico llegaron. Los antibacteriales agotados, mascarillas inexistentes. Lo primero en irse fueron los desinfectantes y jabones, luego el papel higiénico, el atún enlatado y la vitamina C. En casa nos preparamos desde antes, cajas de guantes y cubrebocas. Yo con medio hígado y un sistema inmunológico nada parecido al de una persona sana de 25 años, estaba destinada al encierro antes de que éste fuese recomendado. Mis abuelos octogenarios sentados conmigo mientras mamá tenía que hacer las compras.

El último Miércoles de Plaza lo vivió mi mamá cubierta de pies a cabeza con miradas de desagrado a su alrededor. Un señor mayor que jalaba con ella las bolsas de plástico en medio del frenesí por las frutas y verduras, se protegía con guantes para lavar trastes y un cubreboca azul. “¿Para qué se pone eso?”, dijo una señora con tono burlón. El señor le explicaba que estábamos en medio de una pandemia y él tenía que protegerse. La señora se carcajeo en su cara, confiada que a ella nada jamás le pasaría algo.

“¿Será que no ve las noticias? ¿No tiene a alguien por quien preocuparse?”, se preguntaba mi mamá. A su llegada ya teníamos un protocolo establecido: desinfectar toda las superficies que hubiese tocado, un cambio de zapatos en la puerta y un bote de agua para lavar todo. Bañada y desinfectada estábamos los cuatro de nuevo en casa.

A mis abuelos cada día se nos hacía más difícil tenerlos quietos. Mi papá cardiaco, diabético y con siete padecimientos más diario quería caminar dos cuadras para comprar el periódico. Un periódico que solo lee mi abuelita, su manera de informarse a final de cuentas. Dos cuadras parecen ser nada, especialmente en este país incrédulo, escéptico e ignorantes, donde la fuerza moral lo puede todo. Periódico a domicilio, abuelos encerrados.

La primer semana de cuarentena terminaba con noticias de enfermeras y médicos siendo atacados con cloro en el transporte público. La gente los miraba con asco, con desprecio, con miedo, mucho miedo. Del otro lado del mundo la gente salía de su balcón a aplaudir, aplausos y canciones para quienes arriesgaban sus vidas para salvar otras. Aquí eso no existe… Un canto de Cielito Lindo en una de las zonas más ricas de la Ciudad de México no subía ningún ánimo ni nos hacía sentir más unidos, al contrario, denotaba la desigualdad profunda en la que estamos hundidos.

Las noticias del pueblo, ese lugar en Morelos de dónde es mi familia, no decían mucho. La gente enojada por el cierre de plazas y los dos únicos supermercados. Decían que allá no pasaba nada, los españoles e italianos jamás llegarían ahí, para qué preocuparse entonces. Mientras tanto al menos cinco enfermos confirmados a veinte minutos de distancia. En Cuernavaca la gente ya guardaba distancia, en la periferia esto era no más que un invento del gobierno.

Tercera semana en casa . Todos los días una nueva discusión sobre quien elige qué ver en la tele. La telenovela de las cinco o una película romántica. Otro día más de trabajo desde el sillón, videollamadas con la jefa y calor de primavera. Otro día más con dos abuelos sanos y salvos, vivos…

Aun sumida en este privilegio y mi vida de sateluca, la ansiedad, la tristeza, la preocupación, el coraje no desaparecen. Y es que todo esto me recuerda a estar confinada hace dos años por una enfermedad que era solo mía, que no me dejaba sentarme ni comer a gusto. Fue cuando comencé a escribir… fue también cuando dejé de dormir bien, idéntico a mi ciclo de sueño ahora. Desterrada al encierro pero sin visitas, sin abrazos, sin flores. Todos separados en su propia preocupación.

La preocupación sigue. Está ella allá, con sus aplausos de las 8, en un país donde las muertes siguen en aumento. Luego están ellos aquí, en un departamento pequeño con siete personas adentro. La próxima semana toca hacer compras otra vez y mi ansiedad al borde de la locura porque mamá esté bien, rogando que la gente por fin crea y deje de carcajearse en el pasillo de las frutas.

Y mientras marzo se despide con mis hormonas hasta el tope y lluvias esporádicas, estamos los cuatro aquí, sanos, vivos, mientras a nuestro alrededor todo comienza a empeorar.

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