La brecha entre un litro de yogurt y una raíz cuadrada

A sus cuarenta y tantos años, nadie realmente sabe su edad, Rosaura está estudiando Derecho en sus ratos libres. Tiene dos hijos y dos nietos, trabaja como cocinera en el pueblo, vende yogurts y hace entregas de cualquier pedido que le pueda dejar un poco más de dinero. La prepa la terminó apenas hace unos años. Su hermano, mientras tanto, creció en la ciudad y estudió con el apoyo de sus padrinos. A sus treinta y tantos años ha trabajado en múltiples bancos y secretarias de gobierno, hoy tiene su propia empresa y una maestría trunca. Sin hijos y sin tener que contar la morralla diaria, él está mil veces mejor. El acceso a la educación marcó una línea que separaría a este par de hermanos por siempre.

Desde nuestra comodidad universitaria, nuestros legalismos de “educación libre y gratuita para todos” nos olvidamos que para millones de mujeres en México y en el mundo el acceso a la educación no se basa únicamente en lo que dictamina un gobierno, el número de escuelas construidas o libros repartidos como despensas. Con nuestros televisores, computadoras y redes sociales, el mensaje de Malala Yousafzai hizo eco en nuestros hogares y llenó de inspiración nuestros corazones. La joven pakistaní hablaba de la importancia de la educación en las jóvenes generaciones y nosotros, asentando y aplaudiendo, nos olvidábamos que ese acceso tan deseado era del que habían sido privadas nuestras abuelas, nuestras tías, nuestras homólogas a 20 km de casa. Y es que en México no solo prima la ignorancia y la falta de recursos bien encaminados a la educación, sino que son el machismo y la violencia estructural a la mujer los otros grandes impedimentos y creadores de la brecha educacional. Según datos del CONEVAL, la brecha educacional por sexo se ha ido cerrando paulatinamente y actualmente existen un mayor número de niñas que logran completar sus estudios de primaria. Pero entre más avanzan los ciclos escolares, más se complica el acceso de la mujer a una educación media y superior.

Sucede que el acceso universal sigue privilegiando a los hombres sobre las mujeres, hay menos riesgos en invertir en ellos, en adoptarlos y verlos crecer. En realidades fuera de nuestra mágica burbuja, a algunas mujeres aún se les prefiere dar una educación sobre los labores hogañeros y dejar de lado la educación académica. En otros casos, el bolado no cae nunca sobre el “sexo débil”, el que corre el riesgo de terminar embarazado, el que pierde sus años productivos.

Hace unos años a la hermana de Mayra la violó su primo y en ese pueblo de Oaxaca sin acceso a instrumentos legales y mucho menos al aborto, Mayra y su hermana dejaron la escuela para poder cuidar del recién nacido. Con secundaria y preparatoria truncas, las hermanas se mudaron a la ciudad para conseguir dinero y poder empezar una nueva vida. Trabajaban limpiando casas, recogiendo las cacas de la clase media, limpiando sus carros y ventanas. Mayra platicaba que su sueño era regresar a estudiar y poder conseguir un trabajo en una tienda para poder vivir bien con su hermana y su sobrino. A Mayra la acosaba un jardinero, quien probablemente ya había abusado de ella. Sus tíos la querían casar con él, ella solo quería terminar la prepa.

Hasta 2018 casi el 4% de las niñas entre 13 y 17 años abandonaron la escuela por haber resultado embarazadas o tener que asumir labores de maternidad. Y es que de los 2.23 millones de embarazos que se registran anualmente en México, 390 mil corresponden a niñas entre 9 y 19 años de edad. Es prácticamente imposible hablar de embarazos adolescentes sin hablar de violencia sexual y económica, pues en ninguna realidad una niña de 9, 10, 11 o 12 años voluntariamente y conscientemente decidiría tener un hijo. Es ingenuo pensar que el problema de esto radica en la falta educación sexual integral en las escuelas o en la mentalidad conservadora de nuestras madres, pues en nuestro país, el 60% de los abusos sexuales a menores suceden en casa por familiares. Es decir, que son nuestros padres, tíos, hermanos y primos quienes nos violan, nos embarazan y luego nos condenan a una vida sin oportunidades. Las niñas y mujeres en México no tienen otra opción que quedarse en casa y cuidar de sus hijos, aquellos que ellas nunca desearon. Si bien les va, después de cinco o diez años podrán regresar a sus primarias y secundarias, conseguir un trabajo que evite que sus hijas caigan en el mismo ciclo que a ellas las condenó.

Mi abuela siempre soñó con estudiar enfermería, tenía todas las habilidades y la disciplina para hacerlo. Originaria de un pueblo del Estado de México, a sus quince años una pareja de alemanes la apadrinó, invitándola a vivir a su casa en la ciudad. Ella terminó su preparatoria, pero su futuro incluía un matrimonio y tres hijos, no una carrera universitaria con todo lo demás. Cuando le pregunté porque no había entrado al colegio de enfermeras o a estudiar cualquier otra carrera su respuesta fue “Nadie nunca me preguntó qué era lo que quería y yo no podía decidir solo por mí.”

Históricamente la brecha educacional ha estado definida por la cultura machista que envuelve a los hogares mexicanos. Si bien con el paso del tiempo el papel de la mujeres ha cambiado y cada vez más mujeres integran la fuerza laboral y ascienden a posiciones de poder, esta transformación está gestada sobre el sacrificio de nuestras madres, abuelas y bisabuelas. No solo basada en el valor y valentía de aquellas que desafiaron las reglas y levantaron su voz con un título en la mano derecha, sino de aquellas que permanecieron en el olvido, las condenadas, las ignoradas, que a toda costa evitan que su propia historia se repita.

El México marginado y vulnerable se conforma con una mujer que sepa leer, sumar, planchar y coger. Ahí uno crece aprendiendo el abecedario, a sumar y restar, para después cuidar de los niños en un huacal y vender comida para darles otra realidad. El México cosmopolita no se conforma con una mujer educada, quiere a una que sea (buena) madre, (buena) ama de casa, que tenga maestría y doctorado, que sea femenina y fuerte (pero no demasiado). Aquí uno crece con educación de primera, trilingüe y hasta especializada, para después ganar menos que un hombre con la mitad de tu experiencia o ser considerada un potencial riesgo por tener matriz. Y es que incluso aquellas profesionistas que dedican su tiempo a enseñarles a otros, son vistas como un fracaso por elegir la docencia, para ellas es vista como un trabajito porque “seguramente no era tan buena en lo que hacía”, porque “desde que tuvo sus hijos, no le da tiempo de otra cosa”. En cambio los hombres son vistos como aquellos que cambian vidas, que se dan la oportunidad de compartir su vocación, no es un trabajito, es un honor porque “además de todo lo que hace, es profesor”. ¡Ja! Hasta para eso somos idiotas… El trabajo feminizado tiene menos valor y la mentalidad machista detrás de ello, alimenta la brecha.

Durante este periodo de confinamiento, las autoridades escolares han inaugurado la educación a distancia, con un programa educativo que utiliza medio digitales y de comunicación masiva. Una propuesta extremadamente falible pues acentúa la desigualdad económica de nuestro país. Sin embargo, probablemente también acentúe las diferencias entre niños y niñas, mujeres y hombres que acceden a dicha educación a distancia. Me pregunto si en hogares con hijos de ambos sexos, se tienen las mismas responsabilidades, ¿será que los dos ponen la mesa aún cuando interrumpan sus clases? O los padres, ¿será que ambos se sientan a hacer la tarea con sus hijos además de terminar su jornada laboral? ¿Se preocuparán lo mismo porque su pareja no les pegue o abuse de ellos mientras la maestra de las crías habla del otro lado de la pantalla?

En un radio de 20 km puede haber dos Méxicos muy distintos y profundamente desiguales. Pero por más dispares que estas realidades sean, están unidas por ese machismo estructural que impide que la brecha se logre cerrar. La brecha entre vender un litro de yogurt o aprender la raíz cuadrada.

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