Los Esenciales II

Héroes fuera de casa: historia de la carne de cañón médica

En México hasta 2019 había alrededor de 25 mil médicos residentes activos. No existen datos exactos sobre el número de internos, pero se calculan que son más de 80 mil.

Photo by Edward Jenner on Pexels.com

Según datos del ISSSTE, entre 2017 y 2019 el sueldo de los médicos residentes iba de los $2,100 hasta los $3,000.

Ilustración por Verónica Lira

Hasta el 23 de abril en México se habían registrado 11,633 casos confirmados y 1,069 muertes por Covid-19.

Ilustración por Verónica Lira

Comparto la iniciativa “Donar la Máscara” para hacer llegar insumos suficientes a nuestros médicos. Pueden hacer donaciones económicas o en especie. Si son o conocen personal de salud que necesita insumos, inscríbanse para recibirlos de manera gratuita.

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“Los Esenciales” por Verónica Lira

Aislamientos forzados y tres baños diarios, trajes de plástico por 12 horas a casi 40º C, cubetazos de agua y patrullas tras de ti, pacientes incrédulos y gritos cada hora. Esto y más es a lo que se enfrentan nuestros médicos internos, pasantes y residentes. Aquellos que son la base de la pirámide, la carne de cañón.

Gabriela es una interna en el centro de salud general más grande de Morelos, ubicado en la ciudad de la eterna primavera y considerado un hospital de batalla. Éste alberga aproximadamente a 114 mil pacientes al año, capacidad que pronto se verá rebasada por la pandemia. Hace cuatro meses comenzó su internado con grandes expectativas de aprendizaje, emocionada por sus rotaciones y preparada para toda práctica que le dieran. Sin embargo, conforme sus eternas guardias avanzaban en área de Urgencias, el COVID-19 avanzaba en el resto del mundo y comenzaba a hacer su aparición en México.

El 8 de abril distintas universidades anunciaron el retiro de sus internos de los hospitales del país, más tarde la Secretaría de Salud oficializó la medida. Pero para ese momento, Gabriela ya había tenido su dosis de contacto con el COVID-19, había sufrido ya el maltrato de sus superiores y la falta de insumos para protegerse. “Nos tocó recibir en Urgencias a un joven de 26 años con síntomas de COVID, dificultad respiratoria y fiebre. Los doctores tenían miedo de verlo, decían que no lo harían si no tenían equipo completo. Nadie tenía equipo completo, mucho menos nosotros”, cuenta Gabriela ahora sentada en el sillón azul de su sala. “El viernes después de eso, nos retiraron a todos los internos”. A partir de ese momento los hospitales y clínicas de México se quedaron sin sus ayudantes, su carne de cañón, duplicando entonces el trabajo para los médicos residentes y adscritos.

“Muchos doctores se quejaron del retiro de los internos. Algunos nos amenazaron con hacer exámenes o tomar consecuencias futuras, otros decían que no tenemos vocación. Pero nosotros somos la carne de cañón, voluntariamente nos quedaríamos pero el riesgo y el maltrato son demasiados.”

Previo a su retirada definitiva del centro de salud, a Gabriela la rotaron del área de Urgencias a Ginecología y así corriera menos riesgo de ser expuesta al virus. Sin embargo, trabajando en un hospital público que atiende primordialmente a la población marginada del estado, no era sorpresa que una mujer a punto de parir llegara igualmente con síntomas de la enfermedad. “Ni modo de no atenderlas si ya estaban a punto de tener al chamaco. A pesar de todos los riesgos, teníamos que correr a la sala de expulsión”, comenta la interna cuya protección era un cubrebocas común y un par de guantes. Para Gabriela el retiro de internos de los hospitales fue, si bien criticable, una medida bastante acertada, pues si la falta de material no es algo nuevo, el impacto de no tener insumos aumenta con esta enfermedad. Y es que aun cuando son los internos el personal médico que se encuentra en la línea de fuego y brinda balance al trabajo en los hospitales, su salida fue vista como un acto cobarde y falto de vocación.

Chema trabaja en una clínica de salud en la delegación Mixcoac de la Ciudad de México y a diferencia de sus compañeros y compañeras internos como Gabriela, Chema no puede dejar su trabajo, aún cuando este no es completamente remunerado. Como médico pasante la vida de Chema antes del COVID era bastante monótona: consultas en las mañanas y cursos de preparación por las tardes. Un mes después los cercos epidemiológicos por sarampión comenzaron – una epidemia prácticamente erradicada desde hace décadas que hizo su aparición en la CDMX – y después de unas semanas los filtros infecciosos por COVID.

Los cercos consisten en salidas de campo para detectar posibles casos, una vez que un caso es confirmado se debe hacer un screening a 25 manzanas del lugar de partida; los médicos tocan timbres de casa en casa para advertir a los habitantes de la enfermedad y registrar posibles síntomas. “En un escenario utópico, como médico te tratan bien. A mí me han dado portazos, mentado la madre e incluso aventado patrullas”, cuenta Chema enojado por la ignorancia de la gente. Como responsable de los filtros infecciosos frente a su clínica de salud, Chema se encuentra constantemente con personas escépticas y vale-madristas, aquellos que no creen en las vacunas o los que se creen inmunes a una pandemia catalogada como “estrategia política”. Fue apenas que Chema se encontró con un paciente cincuentón que se creía héroe sacado de una película apocalíptica, el Will Smith de Soy Leyenda a quien nada le ocurría y por el contrario, la cura corría en sus venas. El paciente no llevaba ninguna protección y acudía a la clínica para recoger el medicamento de un familiar diabético.

Para Chema, quien reconoce que el retiro de los internos o la “mano de obra más barata” de los hospitales fue una estrategia por la falta de insumos y mecanismos de protección, el acceso a recursos no ha sido mejor. “Te mandan a la guerra con una resortera. La mayoría de las cosas se las apañan los médicos de alto grado o los trabajadores sociales”, comenta el joven pasante.

“El miedo se convierte en odio, como en Star Wars (…) es feo que te odien y te ataquen, pues solo estamos haciendo lo que podemos.”

Para él y otros pasantes sus responsabilidades no se limitan a actividades médicas como los cercos epidemiológicos o el trato con pacientes sospechosos, sino que tienen un importante componente emocional al estar advirtiendo constantemente de los peligros del COVID a personas necias o ignorantes. “El miedo se convierte en odio, como en Star Wars. No somos héroes porque estamos haciendo lo que tenemos que hacer, pero es feo que te odien y te ataquen pues solo estamos haciendo lo que podemos.” Los pasantes como Chema saben que la situación no puede mejorar realmente si la población mexicana no acata órdenes, sigue siendo irresponsable e incluso valemadrista.

Ilustración por Sofía Caos Ilustrado Altieri

Berenice se desempeña como doctora residente de Medicina Interna en uno de los hospitales privados más prominentes de la CDMX, fundado por la comunidad española en México. Todos los días solía rotar por los servicios de medicina interna, tanto en piso (área de hospitalización) como en Urgencias. Ella, a diferencia de miles como Gabriela o Chema o Violeta, tiene la fortuna de trabajar en un hospital donde los recursos no han faltado, donde hay limitaciones pero nada tan grave como un IMSS, un ISSSTE o un centro general de salud.

“Dentro del mismo pánico, hay tranquilidad porque nos dan recursos para poder trabajar. Estamos tranquilos pero no dejamos de ver la situación por lo que es: una pandemia”, cuenta Berenice durante su noche de descanso. Pero aún en un hospital privado nadie está seguro, pues según afirma Berenice, ni el mejor hospital del mundo estaba preparado para esto. Ya son varios los doctores contagiados por COVID-19, siendo el primero uno de los directores de área.

Como médica internista a Berenice le toca canalizar a los pacientes que llegan por Urgencias, entre ellos muchos casos sospechosos y confirmados de COVID-19. Pero según explica, hacerlo no es lo mismo que hace un par de semanas, pues ya no se puede seguir únicamente una guía de síntomas o criterios como haber viajado o haber estado en contacto con extranjeros. La fase tres de la enfermedad, en la cual los contagios se dan ya de manera local, ha provocado que se ven cosas distintas en cada paciente, incluso que aquellos que salieron negativos en una prueba inicial, dieran positivo luego de un par de días. Aun estando en un hospital privado con los insumos suficientes, las pruebas a nivel nacional no lo son. “No somos como EEUU o China, aquí tenemos que asumir que todos están contagiados para poder actuar. Y nadie, ni las personas sanas o muy atléticas, está a salvo”, comenta Berenice.

“Lo emocional pega mucho. En Urgencias tenemos el cubrebocas de filtro, los goggles, el gorro, el traje blanco por casi 8 horas. Te da una crisis de ansiedad porque solo quieres arrancarte el equipo de protección, quieres ir al baño pero no puedes, quieres salir corriendo pero tampoco puedes”.

El efecto psico-emocional sobre los y las doctoras y personal que ha estado en contacto con pacientes de COVID-19 es impresionante. “A los pacientes se les trata como bichos raros, como intocables, pero a nosotros también. En mi casa todo cambió, yo me aislé a otro cuarto sin tener contacto con mis padres o mi hermana, ellos tenían miedo cada vez que llegaba”. En el hospital, Berenice ha visto a enfermeras y médicos que ruegan no estar encerrados en las salas especializadas. No solo es el miedo, sino que a diario tratan con personas que se ponen peor y que potencialmente podrían contagiarles, he de aclarar que nada tiene que ver esto con la falta de vocación, sino con una respuesta natural como seres humanos. “Lo emocional pega mucho. En Urgencias tenemos el cubrebocas de filtro, los goggles, el gorro, el traje blanco por casi 8 horas. Te da una crisis de ansiedad porque solo quieres arrancarte el equipo de protección, quieres ir al baño pero no puedes, quieres salir corriendo pero tampoco puedes”.

Violeta tiene 28 años y es una doctora residente de anestesiología en el hospital público más grande de Aguascalientes. Y en esta pandemia son los anestesiólogos y los médicos internistas quienes encabezan la pandemia, pues son aquellos que tienen el primer contacto, manejan la vía aérea de los pacientes y los entuban a los ventiladores o respiradores necesarios. “La intubación es cuando más puedes infectarte, pues hay mucha exposición de aerosoles que actúan como un spray infeccioso”, explica Violeta. Como otros virus, el COVID-19 está latente y en cuanto entra a un organismo vivo, lo hace suyo.

En el hospital de Violeta desde febrero comenzaron a tomar medidas de precaución, se construyó un área especial para COVID-19, se hicieron talleres de capacitación y protocolos logísticos para la protección del personal. Sin embargo, el día en que llegó el primer paciente, todos entraron en pánico. “Ella llegó un lunes y fue de qué pedo, todo el mundo corría como gallinas descabezadas, gritaban que no querían acercársele por miedo. Seguimos siendo humanos y nos estábamos muriendo de miedo”, cuenta Violeta quien estuvo en la primer línea de defensa.

Los recursos comenzaron a ser insuficientes, los médicos residentes como ella tuvieron que conseguir material como caretas y goggles por su cuenta, con su dinero. Para ella esto era tan ridículo como “un empleado comprando el papel de las copias para su oficina”, pero sin recursos para el personal médico, no podía haber atención a pacientes. Hace unas semanas ella junto con otros médicos de su hospital entraron en paro pues no había cubrebocas para la guardia de ese día, no había absolutamente nada que pudiera protegerlos a ellos, a sus familias y a otros pacientes de la enfermedad.

“Estamos aislados y solos. Si morimos haciendo nuestro trabajo, nadie se va acordar de nuestro nombre o de visitar a nuestras familias. Y es que, ¿por qué hay que morir por falta de recursos?”.

Violeta también tiene un agotamiento físico y emocional tremendo. No puede abrazar a su familia, dar la mano, coger o estar a unos centímetros de alguien; debe estar aislada. “Ojalá todo el mundo supiera todo lo que el personal de salud tiene que hacer, anteponemos el bienestar de otros antes que el de uno mismo”, dice casi entre lágrimas. Para ella es un infierno estar ahí adentro entre 10 y 12 horas, a casi 40ºC, en un traje de plástico y con la cara cubierta en su totalidad. “Estamos aislados y solos. Si morimos haciendo nuestro trabajo, nadie se va acordar de nuestro nombre o de visitar a nuestras familias. Y es que, ¿por qué hay que morir por falta de recursos?”.

La anestesióloga cuenta que la muerte por COVID-19 es una de las peores en el mundo, pues es una muerte en total soledad y aislamiento. Los pacientes están entubados, sin poder hablar, no pueden ni siquiera ver a sus doctores o enfermeras a los ojos pues los trajes de protección lo impiden, no tienen contacto con su familia y es el camillero seguramente la última cara que recordarán. “Te desespera el reflejo como médico de quererlos ayudar y no puedes. Creo que si la gente pudiera ver cómo muere una persona infectada, si se imaginasen que es su mamá o el ser a quien más aman, nadie, NADIE, saldría a la calle”.

Con 16 compañeros en cuarentena por posible contagio, para Violeta uno de los retos más difíciles en un estado conservador e incrédulo es mantener a la gente informada y en sus casas. “Don Chingón se chingó a todos, como el típico macho mexicano. Y es ese joven el que contagiara a un anciano y a pesar de eso, será él quien reciba la atención y no el viejito que solo quería mantenerse a salvo”, comenta Violeta.

Los médicos internos, pasantes y residentes son la carne de cañón del sistema de salud mexicano. Son quienes no reciben suficiente atención, pagos, recursos y reconocimientos por su propio gobierno, su propia población. Sin embargo, son aquellos que nos están cuidado a todos y a todas, héroes o no, su trabajo sigue salvando vidas. Vidas como la tuya y la mía que escribimos y leemos esto desde la comodidad de nuestras casas. A Gabriela, Chema, Berenice y Violeta, gracias infinitas.

La identidad de los y las entrevistados fue modificada para proteger su seguridad. Se respetaron íntegramente sus palabras y pensamientos compartidos. Las entrevistas se realizaron respetando las medidas de confinamiento y sana distancia. 

One thought on “Los Esenciales II

  1. Hola Vero ! Soy Valeria , primero , felicidades por tu blog , y segundo muchas gracias por haber escrito sobre esto , ya que en ocasiones la gente fuera del campo de la salud muchas veces no entiende y no dimensiona la gravedad del tema , que al no ver su entorno afectado por este virus , siente que se está exagerando y que no importa

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