Los Esenciales III

Héroes fuera de casa: Tu repartidor está afuera de tu domicilio

Texto: Verónica A. Lira Ortiz / Ilustración: Sofía Aliteri

Según la revista Forbes, en México existen aproximadamente 9,500 repartidores de alimentos pertenecientes a una plataforma de consumo colectivo.

Al 30 de abril se han registrado 1,859 muertos y 19,224 casos.

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“Los Esenciales” por Verónica Lira

Nuestro restaurante favorito tiene promoción de envío gratis a domicilio y el de los frappuccinos 2×1 en todos sus productos. Después de 40 minutos llega nuestra orden a casa, mochila en el suelo, alejado tres pasos nos sonríe detrás de su cubrebocas. Veinte minutos antes le habían aventado cloro, hace dos días apenas tuvo para llevarle de cenar a su mamá. A él y a otros que arriesgan su vida a diario nadie les aplaude, les dibuja carteles, les agradece.

Adrián trabaja desde hace poco más de un año para una de las empresas de delivery más exitosas del mundo. Con una motocicleta propia y una pasión por manejar, se convirtió en repartidor después de que su mamá, el sustento de su familia, perdiera su empleo. El chico brillante de apenas 22 años cambió de carrera por perseguir su sueño para luego verlo trunco, estudiando solo un par de materias por semestre pues no había tiempo ni dinero para más.

Durante su primer año en la plataforma Adrián ha sido discriminado múltiples veces por usuarios y por los administrativos de restaurantes. “Los pedidos de restaurante siempre han sido lo peor. No puedes entrar, no puedes usar el baño ni pedir un vaso con agua, aun cuando llevas horas en la calle recorriendo la ciudad”, comenta Adrián. La paga tampoco nunca fue ideal, recibiendo su dinero cada lunes y aún teniendo que pagar la renta de su mochila y uniforme, así como ceder parte de sus propinas e incluso tener que pagar pedidos enteros. “Casi no recibes propinas. En una semana con alrededor de 70 pedidos, lograba ganar entre $50 y $100 pesos de propinas.” Afortunadamente su mamá tiene ya un empleo estable y unos días después de que en México se declarara la fase 2 de contingencia sanitaria por el Covid-19, Adrián tuvo la oportunidad de parar temporalmente y quedarse en casa para cuidar de sus abuelos. Pero las primeras semanas con el virus no fueron fáciles.

Gonzalo terminó el año 2019 sin trabajo, lleva seis meses trabajando como repartidor de la empresa de consumo colaborativo más grande en América Latina. Para Gonzalo ningún día es igual al anterior, hay días muy buenos y hay días muy malos. Trabaja doce horas, siete días a la semana; éste es su único ingreso económico. Su pasión por andar en moto se convirtió en un empleo necesario para su supervivencia y la de su madre.

Similar a Adrián, Gonzalo también debe pagar una renta por el equipo, pero tiene la suerte que su empresa le provee de uniformes y locaciones de descanso. La paga es irregular, hay días en los que se ganan $250 otros $800 y en algunos cuantos ni un quinto. Carlos no puede darse el lujo de dejar la plataforma y comenzar un trabajo más explotado o que no disfrute en absoluto. “Para mí es apasionante estar en motocicleta y es bonito poder interactuar con personas todos los días. Siento un gusto y placer poder ayudarlas todos los días”, cuenta Gonzalo. Pero lamentablemente no siempre hay encuentros amables y sonrisas en las puertas de los domicilios de la ciudad.

Tal como le ha sucedido a Adrián en su primer año en la plataforma, Gonzalo se ha topado también con personas groseras, altaneras y discriminatorias. La contingencia sanitaria por el Covid-19 profundizó estos sentimientos de asco, miedo y rechazo para estos repartidores. Con las medidas de sana distancia y confinamiento, la gente comenzó a quedarse en casa y a ordenar todo a domicilio. Para personas que viven al día o tienen una menor capacidad económica que todos nosotros, usuarios de estas plataformas ansiosos por recibir un nuevo cupón o promo, no es tan fácil conseguir insumos médicos para protegerse ante una mortal pandemia. “Nosotros tomábamos todas las medidas de protección que podíamos. Yo compré mi propio gel antibacterial y cubrebocas, recibía todos los pedidos con guantes y guardaba mi distancia. De diez clientes, cuatro me dijeron algo o me trataron mal”, narra Adrián quien tiene más de una experiencia desagradable que compartir.

“En mi empresa nos dieron cubrebocas y gel antibacterial a todos. Yo además intento tomar las medidas que la misma aplicación me recomienda, como dejar la comida a cierta distancia, y otras personales como ponerme ropa debajo del uniforme para llegar a casa y luego luego quitarme lo que traigo puesto”, cuenta Gonzalo. Joaquín, un directivo de la misma empresa en y quien tiene la oportunidad de trabajar desde casa y pasar los fines de semana en el jardín de sus padres, comenta que se han asegurado que sus repartidores estén lo más protegidos posibles con cubrebocas, kits de sanidad, oportunidades de lavarse las manos y usar desinfectante en hubs móviles. “Hemos tratado de hacer absolutamente todo lo que está en nuestras manos para mantenerlos a salvo. Nuestra idea es poder implementar nuevas medidas para poder seguir trabajando en el futuro, pues la salud será otra cosa esencial en qué fijarnos”, explica Joaquín.

“Una vez me aventaron desinfectante, llegué al domicilio y me aventaron agua con desinfectante después de que agarraron su comida”

Gonzalo

Durante los últimos dos meses me ha quedado claro la poca solidaridad, tolerancia y empatía que podemos tener los mexicanos. Estamos llenos de miedo y eso nos hace olvidarnos de quiénes a diario exponen sus vidas. Se los pagamos con ataques con cloro o gritos discriminatorios, tal como le ha sucedido a Adrián y a Gonzalo. “Hace unas semanas una señora al recibir su pedido me dijo que por mí se iban a morir más personas, que yo estaba esparciendo el virus. ¿Te imaginas? Sin nosotros trabajando, serían ellos quienes estarían en la calle contagiándose; serían 100 personas en un super en lugar de 30 repartidores. En otra ocasión el chico que salió a recoger su pedido me preguntó si me había lavado las manos, si traía gel y si éste no era de esos de $10. No supe cómo reaccionar, estaba temblando mientras él me miraba con asco y disgusto”, cuenta Adrián, quien gracias a una mejor solvencia económica en casa ha podido resguardarse y dejar de padecer los insultos y ataques de la gente apanicada por el Covid-19. Gonzalo sigue y seguirá trabajando en las calles de la ciudad durante la pandemia. “Hay personas muy groseras que piensan que traemos el virus, los mismos clientes son quienes lo dicen. Una vez me aventaron desinfectante, llegué al domicilio y me aventaron agua con desinfectante después de que agarraron su comida”, cuenta Gonzalo quien dice no esperar nada de este trabajo en épocas de dificultad y poca empatía.

“Hace unas semanas una señora al recibir su pedido me dijo que por mí se iban a morir más personas, que yo estaba esparciendo el virus. ¿Te imaginas? Sin nosotros trabajando, serían ellos quienes estarían en la calle contagiándose…”

Adrián
Ilustración por Sofía Caos Ilustrado Altieri @caos_ilustrado

Para Adrián y Gonzalo han habido también momentos buenos y gratificantes, personas que donan despensas enteras, señoras que les dan un bote de gel antibacterial y la bendición. Son pocas y esporádicas pero restauran su gusto por ayudar a otros. “Nos partimos la madre por personas que lo necesitan, como personas mayores, papás con varios hijos en casa, y yo me siento orgullo de lo que estoy haciendo”, nos dice Gonzalo mientras espera en un estacionamiento su último pedido de la noche. Su mayor miedo es perder su trabajo y hacer que su mamá padezca de nuevo la falta de un ingreso (sea por contagiarse o porque la empresa lo despida). Adrián dejó las calles pues sabía que estaba exponiendo a su familia, específicamente a sus abuelos mayores de 75 años y con condiciones vulnerables. “Antes salía y podía ayudar a otros, pero ahora sé que tengo que ponerle pausa para seguir en casa y hacerle frente ayudando a mi familia sin exponerla”, comenta Adrián.

Ambos repartidores ven sus circunstancias actuales como pasajeras, esperan algún día retomar sus metas y sueños. Por mientras nos queda a nosotros ser conscientes de sus experiencias, no cruzarnos de brazos y dejar de verlos como una mercancía desechable. Ellos están ahí, haciendo su trabajo, uno que es esencial para que nosotros estemos seguros y cómodos.

La identidad de los y las entrevistados fue modificada para proteger su seguridad. Se respetaron íntegramente sus palabras y pensamientos compartidos. Las entrevistas se realizaron respetando las medidas de confinamiento y sana distancia. 

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