Los Esenciales IV

Héroes fuera de casa: enfermeras y enfermeros

Texto por Verónica A. Lira Ortiz. Ilustración por Sofía Altieri @caos_ilustrado

De acuerdo con datos del Banco Mundial, hasta 2016 en México había únicamente 2.9 profesionales de enfermería por cada 1,000 habitantes.

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El país cuenta con 352 mil 139 enfermeras y enfermeros en clínicas y hospitales públicos y privados, según cifras de la Secretaría de Salud de 2016.

Ilustración por Verónica Lira

Hasta el 7 de mayo, la Secretaría de Salud informó que hay 2 mil 961 muertes por Covid-19 y 29 mil 616 casos confirmados de Covid-19 en México.

Ilustración por Verónica Lira

La iniciativa “Donar la Máscara” hace llegar insumos suficientes a nuestro personal de salud. Pueden hacer donaciones económicas o en especie. Si son o conocen personal de salud que necesita insumos, inscríbanse para recibirlos de manera gratuita.

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“Los Esenciales” por Verónica Lira

Miradas de desagrado, cloro sobre el uniforme rosado, gritos de familiares desesperados. Ojos llorosos, manos cansadas, sonrisas ocultas. Desde el inicio de la pandemia, los ataques contra el personal de enfermería han crecido en México. La mayoría nos olvidamos de ellas y ellos, los recordamos meramente como ayudantes y no como los profesionales en la línea de fuego.

Cristina y Manuel trabajan desde hace varios años como enfermeros en hospitales públicos en el país. Ella labora en un hospital general de la Secretaría de Salud en Morelos, mientras que él se encuentra en un hospital del IMSS en la Ciudad de México. La llegada del Covid-19 a México y la reciente declaración de Fase 3 cambió la vida de ambos, sus rutinas dejaron de ser un balance entre familia y trabajo para convertirse en constantes sesiones de desinfección, estrés y ansiedad contemplados dentro de un traje de plástico y aislamiento voluntario.

“Antes de que llegara la pandemia del Covid-19 a gran escala, uno llegaba tranquilo a su trabajo y atendía a sus pacientes con normalidad, pero ahora todos los días estás temeroso por saber qué pasará, cuántos nuevos casos se tendrán”, comenta Cristina después de regresar de un turno nocturno. El miedo a lo desconocido fue la reacción inicial que tuvo el personal de salud de su hospital, nadie sabía que esperar y todos se preocupaban por tener los insumos suficientes. “En cuanto se presenta la contingencia, el personal se organizó para ver que tuviéramos los insumos suficientes. Tuvimos que comprar cubrebocas y goggles por nuestra cuenta hasta que llegó una donación por parte del municipio”, cuenta Cristina.

“Es un poco difícil estar en medio de todo, pues estás expuesta con un verdadero riesgo de contraer Covid. A veces tengo el deseo de poder quedarme en el hospital y no regresar a casa para no contagiar a mi familia.”

Mientras platico con Cristina, a unos 60 km de distancia, Manuel se prepara para iniciar su turno de 12 horas como enfermero general de Urgencias. Se traslada a un área estéril, cambia su ropa de civil por un uniforme quirúrgico, se coloca su traje de plástico, guantes, goggles, cubrebocas y careta. “Desde que comenzó la Fase 3, las jornadas de trabajo son más largas, sobre todo en el área de Urgencias. El 95% de los pacientes que ingresan al área son casos sospechosos de Covid-19 y mientras sus pruebas tardan de 72 a 96 horas, nosotros estamos ahí con ellos”, cuenta Manuel. La incomodidad de las medidas de protección no son algo nuevo, pues los rostros marcados han tapizado ya las redes sociales, sin embargo pareciera que no terminamos de empatizar con aquellos que están obligados a portarlo para protegernos. “Nos dieron la indicación de tomar descansos breves en áreas de hidratación cada 4 horas, pues no estás oxigenando bien, te falta el aire, te da taquicardia, mareo y ansiedad. Tampoco puedes ir al baño y eso ya ha traído complicaciones para varios en vías urinarias. Nadie sabe lo que es tener que estar así tantas horas.”

“La gente llega, te dice de cosas, te amenaza con grabarte en su celular y te repite que si su familiar se muere es tu culpa.”

Tanto Cristina como Manuel se han enfrentado al resentimiento, miedo e ignorancia de la gente. En ocasiones a manera de agresiones verbales, en otras siendo rociados con líquidos desinfectantes al salir de su trabajo. Según Manuel, “la gente llega, te dice de cosas, te amenaza con grabarte en su celular y te repite que si su familiar se muere es tu culpa. Pero los hospitales están saturados, esto ya nos rebasó y al no encontrar espacios suficientes para atender bien a los pacientes, los familiares nos gritan y se enojan aún más”. Su hospital actualmente ya está resguardado por la Guardia Nacional y la Marina para evitar aglomeraciones y agresiones contra el personal de salud. Cristina comenta que a pesar que son ellos quienes más se cuidan, desinfectan y toman acciones para evitar la propagación del virus, son a quienes se les niega la parada del camión, se les rocía desinfectante sobre el uniforme. “Es un poco difícil estar en medio de todo, pues estás expuesta con un verdadero riesgo de contraer Covid. A veces tengo el deseo de poder quedarme en el hospital y no regresar a casa para no contagiar a mi familia”, comenta la enfermera.

Beatriz trabaja en un hospital público en el estado de Querétaro, tiene más de 14 años de experiencia y actualmente trata principalmente a mujeres y niños. Para ella, madre soltera, ama de casa y enfermera todo ha cambiado; todos los días se levanta con miedo de contagiar a su hijo de seis años y a las personas que lo cuidan. “Mi vida ahora es más acelerada y con estrés al triple porque salgo de un estrés laboral para entrar a otro. Tengo que cuidarme más y adaptarme a las nuevas actividades escolares a distancia de mi hijo”, cuenta Beatriz. Como enfermera sus responsabilidades incluyen recibir a pacientes en el área de Triage respiratorio, evaluarlos, tomarles signos vitales y redirigirlos al área correspondiente. Al tratar con pacientes en urgencias ella también vive la experiencia de vivir por horas en una burbuja de plástico con mínima visibilidad.

Al igual que el resto de sus compañeras y compañeros en el sector salud, los insumos han escaseado o han sido limitados. “Afortunadamente ha llegado bastante recurso al hospital y a la primera línea de batalla no se nos ha dejado desprotegidos, sin embargo esto solo ha sido porque lo exigimos. Desgraciadamente ninguno sabe lo que se enfrenta con esta enfermedad, especialmente los directivos desconocen estos, entonces está en nosotros exigir las armas porque de otra manera no se preocupan por dárnoslas”, comenta Beatriz quien describe su experiencia como “entrar a otro mundo por 8 horas”. Aun con poca visibilidad, escasa comunicación y sonrisas ocultas de un cubrebocas, la enfermera se siente cada día más empática con las mujeres que atiende, pues conoce su preocupación al ser madre. Según comenta, “no hay nada que te preocupa más en esos momentos que el bienestar de tu bebé. Ellas y yo vivimos preocupadas por sus hijos. Si algún día alguna mamá lee esto, espero sienta que estamos con sus hijos y que vamos a fungir como madres con ellos”.

“Cuando llegué a la tienda me preguntaron si era enfermera y yo tenía mucho miedo que no me dejaran pasar, pero sucedió todo lo contrario. Me sentí muy halagada y bendecida, sobre todo porque ese tipo de acciones le dan a uno más ánimo de luchar por las personas

Recientemente un post de Facebook escrito por Beatriz se hizo viral después de que una cadena de tiendas de autoservicio pagara su cuenta y ella recibiera una oleada de aplausos por parte de los compradores. Para ella no solo hay experiencias negativas y ataques, sino personas realmente agradecidas con el trabajo del personal de enfermería. “Cuando llegué a la tienda me preguntaron si era enfermera y yo tenía mucho miedo que no me dejaran pasar, pero sucedió todo lo contrario. Me sentí muy halagada y bendecida, sobre todo porque ese tipo de acciones le dan a uno más ánimo de luchar por las personas”, cuenta Beatriz. Para ella las muestras de cariño y agradecimiento si bien son motivantes, lo más importante es que la gente tome consciencia y permanezca en sus casas ya que son enfermeras como ella quienes están en la línea de fuego. “Me he topado con muy buenas experiencias, pero mis compañeras me han contado de agresiones. En mi hospital hubo incluso una demandas por agresiones hacia el personal médico”

Ilustración por Sofía Caos Ilustrado Altieri. @caos_ilustrado

Paulina, a diferencia de Cristina, Manuel y Beatriz, ha trabajado siempre en hospitales privados. Las comodidades y la paga parecen ser mejor, sin embargo trabajar para uno de los mejores hospitales de la zona norte de la Ciudad de México puede ser extremadamente demandante. Cuando la pandemia comenzó en otros lugares del mundo como Asia y Europa, Paulina jamás pensó que en su hospital llegasen a haber un gran número de casos. Desde un inicio el centro médico habilitó áreas específicas para recibir a pacientes con Covid-19, sin embargo falló en brindar un traje de protección completo para todo su personal médico, incluidos los profesionales de enfermería. “Los doctores desde un inicio fueron capacitados para atender a sus pacientes cubiertos de pies a cabeza. A nosotras nos dijo el jefe de Vigilancia Epidemiológica que los trajes no eran necesarios para nosotras”, comenta Paulina. En su hospital los reclamos sobre uniformes son un pan de cada día, las enfermeras y enfermeros no se sienten lo suficientemente protegidos y temen no solo por ellos sino por sus familias. “Nos dijeron incluso que si agarrábamos más material de lo necesario [goggles, máscara N95, guantes y bata quirúrgica desechable] habría bajas de personal. En otras palabras, nos amenazaron con despedirnos”.

Sin embargo, para Paulina y otros profesionales de enfermería, el trato siempre ha sido diferente en comparación de sus colegas médicos. Si bien la carrera de medicina es sustancialmente más larga, algunos continúan pensando que nuestros enfermeras y enfermeros no son más simples ayudantes sin preparación alguna que están ahí para atender nuestras necesidades en el momento que así lo requerimos. “A nosotras nos tratan super diferente. Somos más propensas a ser insultadas, a recibir el enojo y reclamo de los familiares o los mismos pacientes, pues pocos se atreven a hacerlo con un médico. Se olvidan que estudiamos años y hemos trabajado toda la vida para asegurar que las personas estén lo mejor posible”, cuenta Paulina.

Pero no son solo la falta de insumos de protección, la falta de esfuerzo y comprensión por parte de sus superiores y el trato de aquellos pacientes clase medieros que pueden pagar una hospitalización privada, los problemas que han aumentado con la pandemia. A pesar de no ser atacada en la calle como otras de sus compañeras y compañeros, Paulina tiene más de una experiencia desagradable que contar relacionada a la falta de consciencia y empatía de la población. Por ejemplo, hace un mes que se declaró el confinamiento obligatorio y se anunció el programa de clases virtuales, Paulina fue invitada al colegio de su hija para presidir un comité de salud. Lo que parecía ser una excelente oportunidad para comunicar la gravedad de la situación y enseñar a padres de familia cómo proteger a sus hijos, pronto se convirtió en una sala repleta de miradas de desagrado e incredulidad. “Una mamá insistía que esto era un invento aun cuando en mi hospital teníamos ya a los primeros pacientes Covid-19. Al enterarse que yo era enfermera en la primera línea de atención, me gritó que no hubiera ido, que solo las iba a perjudicar.”

“Yo les dije que se despidieran porque ya no podrían estar con él adentro [de la sala], pero pareciera que no se dieron cuenta que esa era la última vez que lo verían. La gente aún saca a sus hijos, visita a los abuelos y no se dan cuenta de la magnitud de esto. Si ellos no valoran su vida, ojalá valoraran la vida de sus hijos, de sus padres.”

Como enfermera, la carga emocional para Paulina en ocasiones es demasiada, especialmente al pensar que potencialmente podría enfermar a su hija de 14 años o a sus padres quienes son adultos mayores. Sigue siendo sorprendente para ella que la gente parece no comprender la gravedad de esta enfermedad cuenta que recientemente recibió a un paciente contagiado con Covid-19 después que la familia de éste había viajado a Acapulco para festejar un cumpleaños. “Yo les dije que se despidieran porque ya no podrían estar con él adentro [de la sala], pero pareciera que no se dieron cuenta que esa era la última vez que lo verían. La gente aún saca a sus hijos, visita a los abuelos y no se dan cuenta de la magnitud de esto”, comenta Paulina con la voz entrecortada. “Si ellos no valoran su vida, ojalá valoraran la vida de sus hijos, de sus padres.”

Estefanía e Isabel por su parte son enfermeras que se encuentran distanciadas de la línea de batalla hospitalaria, pero que siguen haciendo su labor desde lejos. Estefanía trabaja como docente pero no ha dudado en regresar a la atención hospitalaria si la situación así lo requiriera. “Me preocupa que la gente no entiende, el gobierno multa a la gente por no traer cubrebocas pero lo ideal sería que nosotros comprendiéramos y nos cuidáramos. A pesar de no estar en un instituto, la sociedad me da mucha angustia”, comenta Estefanía.

Habiendo trabajado en hospitales, Estefanía conoce lo demandante que puede ser atender a pacientes y enfrentarse a el mal carácter de sus seres queridos. “Yo creo que ninguno de nosotros buscamos reconocimiento, simplemente nos gustaría que dieran las gracias, eso es más que suficiente. Ahora no solo no te agradecen como personal de salud, sino que te denigran o te avientan cloro.”

Isabel, por otro lado, trabaja como una enfermera particular en la Ciudad de México cuidando de un paciente de 87 años. Desde el comienzo de la pandemia ella dejó de regresar a su departamento tras sus jornadas de trabajo, quedándose entonces en el hogar de su paciente. Esto, para asegurarse que él estaría más protegido y menos expuesto a un posible contagio. Aun estando fuera de la línea de fuego, la rutina de desinfección y protección es exhaustiva para ella. “Tengo la bendición de vivir cerca de mi trabajo pero antes tomaba el transporte público para llegar, ahora prefiero caminar 30 o 40 minutos con tal de cuidarlo más. En cuanto llego con él me desinfecto y cambio por completo”, comenta Isabel. Para ella la mayor frustración es ir por la calle viendo como la gente va agarrada de la mano, besándose, comiendo como si nada sucediera. Tras ser voluntaria de enfermería después del sismo de 1985, Isabel aún considera un posible regreso al campo de batalla para aligerar la carga de sus compañeras, aun si esto significara solo hacer lo básico al cuidar de otros pacientes además del suyo. “Estar en la batalla significa cuidar de pacientes hasta la muerte, sin dinero, sin esperar algo. Es un amor a la vida.”

Las enfermeras y enfermeros son el primer contacto de la línea de fuego, quienes resuelven nuestras necesidades y nos dan ánimos cuando estamos completamente solos. Son quienes no reciben suficiente atención, pagos, recursos y reconocimientos por su propio gobierno, su propia población. Sin embargo, son aquellos que nos están cuidado a todos y a todas, héroes o no, su trabajo sigue salvando vidas. Vidas como la tuya y la mía que escribimos y leemos esto desde la comodidad de nuestras casas. A Cristina, Manuel, Beatriz, Paulina, Estefanía e Isabel, gracias infinitas.

La identidad de los y las entrevistados fue modificada para proteger su seguridad. Se respetaron íntegramente sus palabras y pensamientos compartidos. Las entrevistas se realizaron respetando las medidas de confinamiento y sana distancia. 

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