Los Esenciales V

Héroes fuera de casa: carniceros, fruteros, verduleros, polleros y otros esenciales

Texto por Verónica A. Lira Ortiz. Ilustración por Sofía Altieri @caos_ilustrado

De acuerdo con el Diario Oficial de la Federación los mercados de alimentos (supermercados, abarrotes, mercados y tiendas de alimentos preparados) son considerados como un sector esencial que no cerrará durante el confinamiento.

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Hasta el 14 de mayo, había 42mil 595 casos confirmados de COVID-19 en México y 4,477 muertes.

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“Los Esenciales” por Verónica Lira

Remanentes de alimentos, desinfección estricta, clientes malhumorados, clientes tercos, trabajadores pobres, pérdida económica, amenazas variadas. Los trabajadores de los mercados de alimentos en carnicerías, pollerías, fruterías y verdulerías trabajan a diario para poner comida en nuestras mesas, así como en las suyas.

Margarita trabaja en un local de frutas y verduras ubicado en la delegación Gustavo A. Madero de la CDMX. Esta delegación ocupa el tercer lugar de casos confirmados de Covid-19, teniendo al menos 1,420. De acuerdo con Margarita, la pandemia ha traído un cambio de 180º en la dinámica de pequeños negocios de alimentos como el suyo, pues a diferencia de hace un par de meses, la gente ya no puede entrar “en bola” al local y elegir sus productos. Sus horarios también han sido modificados, mientras que antes su negocio operaba de lunes a sábado, ahora también deben trabajar los domingos. La verdulería de Margarita es el único negocio de alimentos frescos en su comunidad, habiendo únicamente una tienda de autoservicio a unos 25 minutos de distancia.

La preocupación más grande de trabajadores y pequeños locatarios como ella es conservar sus clientes y poderles proveer de lo necesario para juntos resistir las consecuencias económicas que ha traído la pandemia. Margarita explica que los ingresos han sido variados y algunos costos han tenido que ser asumidos por los dueños y trabajadores de negocios esenciales. “A principios de abril se nos quedaron muchos productos que tuvimos que regalar, hacer licuados o dárselos a personas indigentes. Han aumentado las ventas a domicilio, pero en el local todo está muy silencioso”, comenta Margarita .

“Nos visitan muchos enfermeros y médicos y trabajadores del hospital. Se siente esa angustia porque se sabe que en ese hospital hay muchos contagios y aún cuando ellos y nosotros tomamos medidas de protección y mantenemos nuestra distancia, estamos preocupados.”

Además de la estabilidad económica y el mantenimiento de los perecederos, los clientes se han convertido en una de las fuentes de mayor preocupación y miedo. Hay todo tipo de compradores, unos con su cubrebocas y sana distancia, otros simplemente irresponsables y sordos a las recomendaciones. Sin embargo, para Margarita y sus compañeros una la angustia incrementa al estar en contra esquina de un hospital Covid-19. “Nos visitan muchos enfermeros, médicos y trabajadores del hospital. Se siente esa angustia porque se sabe que en ese hospital hay muchos contagios y aun cuando ellos y nosotros tomamos medidas de protección y mantenemos nuestra distancia, estamos preocupados.” Para aliviar la angustia de sus trabajadores y aumentar las medidas de prevención y protección el jefe de Margarita les ha asignado una unidad de transporte para ir y venir todos los días de su casa al trabajo y así evitar el uso de taxis y transporte público. El gobierno local no ha tenido ningún tipo de incentivos o apoyo.

Elsa y su hermano son dueños de una frutería y un local que vende jugos, ubicado en Atizapán de Zaragoza, uno de los municipios más grandes del Estado de México y con un alto número de contagios por Covid-19. Con nuevas restricciones de horarios y medidas impuestas por el ayuntamiento, su local permanece con las cortinas abiertas de 7am a 5pm, y ni un minuto más pues podrían clausurarle. Elsa cuenta que son las entregas a domicilio y sus clientes minoristas, los que han mantenido a flote el negocio, pues del otro lado de la avenida hay ya locales y restaurantes en quiebra. “Todo esto nos está afectando económicamente pero para nosotros es muy triste ver a compañeros quebrar pues eso afecta a muchas familias que solo tienen ese sustento”, comenta Elsa.

Acostumbrada ya a la desinfección constante de su local y medidas como el lavado de manos y uso de guantes, fueron pocos los ajustes que tuvo que hacer en relación a las medidas de protección y distanciamiento. “Tenemos un letrero que pide tomar turno y guardar distancia, pero hay personas que aún llegan en bola y exigen entrar al local a escoger los productos o sentarse a desayunar”, cuenta Elsa quien reparte también gel antibacterial al estar en contacto con sus clientes. “Lidiar con esa gente es lo peor porque siguen propagando el virus y nos son conscientes. Tú no sabes a qué te enfrentas, ahora hasta por las monedas te puedes infectar y eso da mucho miedo.” Hace un par de semanas Elsa se vio forzada a atender a una señora que tosía y no llevaba cubrebocas, mientras veía al resto de sus clientes dispersarse angustiados.

Elsa es madre soltera y al no tener quien cuide de su niño pequeño en casa, lo lleva al trabajo todos los días. Cuenta que es él quien en ocasiones reparte gel entre los clientes, teniendo siempre su cubrebocas y guantes para protegerse . “Mi hijo me insiste que nos quedemos en casa, él entiende que es peligroso salir, pero no puedo dejarlo solo”, comenta Elsa, quien a diferencia de muchos papás no tiene la oportunidad de quejarse de las clases virtuales o de las travesuras en casa, pues su hijo debe estar en el frente de batalla con ella.

“La gente sin trabajo provoca que haya más asaltos y saqueos. Alguien que tenga necesidad puede venir y nos puede quitar el producto, pero a mí da más miedo por mi niño. Los locatarios estamos temblando más por eso que por la pandemia.”

Ojalá el Covid-19 fuese la única preocupación para los locatarios de la zona, pero a raíz del cierre de negocios, el confinamiento y la fragilidad de la comunidad donde se encuentra Elsa, los asaltos, saqueos y secuestros han aumentado. De acuerdo con la frutera, los asaltos múltiples son la nueva moda: se asaltan varios negocios de manera simultánea, organizada y en plena luz del día. “La gente sin trabajo provoca que haya más asaltos y saqueos. Alguien que tenga necesidad puede venir y nos puede quitar el producto, pero a mí da más miedo por mi niño. Los locatarios estamos temblando más por eso que por la pandemia”, dice Elsa preocupada porque se les agarre con las manos amarradas.

Ilustración por Sofía Caos Ilustrado Altieri. @caos_ilustrado

Armando tiene pollerías en distintos puntos de Naucalpan, el tercer municipio del Estado de México con más casos de Covid-19. Junto con sus hijos se despierta diariamente a las 4:30 am para recoger sus productos y comenzar a distribuirlos en locales y tianguis alrededor del municipio. A diferencia de muchos de sus homólogos en el mercado de alimentos, Armando ha tenido la fortuna de encontrarse con clientes conscientes y que extreman todas las medidas de protección posibles. Adicionalmente, desde el comienzo de la crisis, el comerciante se previno con insumos como cubrebocas y gel antibacterial, así como un cambio en su estructura de negocio. “Gracias a que invertimos en la entrega a domicilio, seguimos en el negocio y no nos ha pegado tanto. Pero muchos compañeros se quedaron totalmente estáticos, no se pusieron las pilas y sí les ha afectado mucho”, comenta Armando quien ha transformado el 80% de sus ventas a entregas domiciliadas.

“Si por mí fuera, no saldría para nada porque tengo mucho miedo. Con solo tocar un barandal o una superficie te puedes infectar, no sabes con quién te vayas a topar que esté contagiado. Nosotros hacemos nuestro trabajo porque la gente tiene que comer (…)”.

A pesar de la respuesta positiva de sus clientes, Armando y sus trabajadores no estaban totalmente preparados para enfrentar a la pandemias. Sus pollerías perdieron a gran parte de sus consumidores mayoristas como fondas y restaurantes, las entradas importantes de dinero han cesado. Adicionalmente, teniendo dos hijos que trabajan a su lado, su familia está constantemente expuesta no sólo a infectarse sino a sufrir algún tipo de accidente vehicular debido a los largos traslados por motocicleta que hacen diariamente. Diferente a otros municipios alrededor del país, el ayuntamiento ha proveído de gel antibacterial y cubrebocas a algunos de los dueños de negocios esenciales, minimizando los costos que esto representaría.

Armando considera que la crisis ha sensibilizado más a la gente y recomienda que se sigan todas las medidas dictadas por el gobierno. “Si por mí fuera, no saldría para nada porque tengo mucho miedo. Con solo tocar un barandal o una superficie te puedes infectar, no sabes con quién te vayas a topar que esté contagiado. Nosotros hacemos nuestro trabajo porque la gente tiene que comer y tenemos un compromiso con nuestras clientas”, comenta Armando.

Héctor tiene una carnicería en Cuautitlán Izcalli, Estado de México, donde al menos 15 personas han muerto por Covid-19. El carnicero se niega a tener entregas a domicilio, operando únicamente en el mostrador de su local donde utilizan guantes y cubrebocas, así como gel antibacterial para los trabajadores y clientes. Para Héctor ha habido un incremento en las ventas y todo parece seguir igual. “No tengo miedo, yo siento que realmente no es real. Yo hago mi vida normal y salgo y hago lo que necesito hacer”, comenta Héctor quien a pesar de tener clientes diversos incluyendo personal de salud y seguridad, no cree en que el Covid-19 exista.

A pesar de haber visto personas dentro de su colonia ser hospitalizadas e incluso haber muerto debido al Covid-19, Héctor se niega a creer que la pandemia es algo más que “algo político que quiere destrozar al pueblo de una nueva manera.” Para el carnicero que se siente obligado a seguir las recomendaciones de protección y prevención al pie de la letra, la gente con cubrebocas, caretas y guantes no son más que “clientes exagerados”. Curiosamente, él mismo acepta estar mal pero dice no creer hasta que alguien cercano a él muera y lo pueda ver con sus propios ojos.

“A mí esto me ha afectado porque no hay lugares para comer sentados o echar la chela. Aun así me reúno con mis amigos los fines de semana, para mí todo va a seguir igual.”

Héctor quien ha trabajado en carnicerías por más de catorce años, dice estar acostumbrado a trabajar con sangre y cree que al hacerlo se ha hecho resistente a enfermedades como el Covid-19. Para él las afectaciones económicas son pocas, “a mí esto me ha afectado porque no hay lugares para comer sentados o echar la chela. Aun así me reúno con mis amigos los fines de semana, para mí todo va a seguir igual”, comenta.

César y Amaya son hermanos y socios de una carnicería en el estado de Morelos, ell cual está ya en foco rojo por el aumento de casos y muertes por Covid-19. Ubicados en el mercado municipal, las ventas con clientes minoristas han aumentado para los hermanos, como si fuesen vacaciones o domingos de mercado los chilangos y locales compran importantes cantidades de carne. Sin embargo, la entrada económica que proviene de las haciendas morelenses e importantes destinos turísticos ha permanecido casi estática desde el comienzo de la pandemia. “Cuando un negocio como estos deja de vender o cierra sus puertas al público se hace una cadenita que termina por afectar a comerciantes como nosotros”, comenta César quien ha condonado deudas y re-negociado sus contratos. En su negocio se compró una moto para llevar a cabo pedidos a domicilio y con ello explorar un nuevo segmento de mercado.

“Las calles se ven solas, pero el mercado siempre está lleno. La gente va a comprar su comida con regularidad, no previenen ni cambian su rutina y lo hacen porque hay mucha desinformación.”

Las medidas de precaución tomadas por los carniceros – como el uso de cubrebocas, guantes, gel antibacterial y solución desinfectante en atomizador – se ha extendido hasta sus casas y las de sus trabajadores, así como sus clientes. Comentan que constantemente le recuerdan a sus clientes sobre la sana distancia y el uso del gel antibacterial. Por supuesto, la gente no siempre entiende, especialmente en un municipio donde reinan los rumores y creencias populares. “Las calles se ven solas, pero el mercado siempre está lleno. La gente va a comprar su comida con regularidad, no previenen ni cambian su rutina y lo hacen porque hay mucha desinformación”, cuenta Amaya en un tono de frustración.

Ambos se han enfrentado a clientes incrédulos y a situaciones estresantes, por ejemplo el sábado 9 de mayo una familia de al menos catorce personas acudió a la carnicería de los hermanos para hacer un pedido por el Día de las Madres. De manera instintiva Amaya roció a un niño que estornudó en medio del pasillo sin cubrirse la boca, ganándose por supuesto el disgusto de una señora. “Te rocías todo por la preocupación de que son ellos quienes traen el virus y quienes te van a enfermar”, dice César al respecto. Adicionalmente cuenta que la gente esparce rumores sobre cómo el Covid-19 está diseñado para acabar con la sobrepoblación, haciendo un tipo de holocausto y un efecto borrego sobre quienes usan cubrebocas. Nada de esto tiene sentido, pero lamentablemente tanto César como Amaya se enfrentan a esto diariamente.

“Te rocías todo por la preocupación de que son ellos quienes traen el virus y quienes te van a enfermar.”

César y otros de sus compañeros de pasillo se han puesto de acuerdo para llevar a cabo medidas de prevención, como el repartir gel antibacterial en las entradas del mercado o tener una única entrada y salida para controlar a las aglomeraciones. “El gobierno en vez de tomar al toro por los cuernos, está empujándonos a hacer todo por nuestra cuenta. La decidia del ayuntamiento hace que sean nuestras propuestas con nuestro gasto las que se lleven a cabo”, explica César.

Amaya además de atender la carnicería con su hermano, le ayuda a su marido con su negocio de productos lácteos. Él recorre diariamente Morelos, así como partes de Guerrero y el Estado de México para repartir sus productos. Amaya lo acompaña los fines de semana, mientras aprovecha para hacer el mandado en ciudades más grandes y cosmopolitas. Tanto ella como su esposo utilizan caretas y goggles adicionales a las medidas de protección básicas, siendo vistos como “bichos raros” por la mayoría de los clientes y pobladores del estado. Sus días son un constante ajetreo entre la carnicería, los pedidos y el cuidado de sus nietas en casa. “Eso que dicen que la cuarentena se tiene que aprovechar para hacer cosas nuevas, no aplica para mí. Hago todo lo que puedo pero con el estrés al doble y sin la posibilidad de abrazar a mis niñas o visitar a mi mamá”, cuenta Amaya.

Estos hermanos, como muchos comerciantes en un estado dominado por el crimen organizado, no temen únicamente por los efectos del Covid-19, sino por la actividad criminal y la violencia que parece no cesar. Por ahora el cobro de piso ha parado, pero esto no significa que no estén expuestos a sufrir las consecuencias de un gobierno debilitado y corrupto. El estrés y la angustia deja ser sólo por cuán bien se desinfectó el local o cuantas veces se lavaron las manos.

Héroes fuera de casa

Si no fuese por los trabajadores de carnicerías, pollerías, cremerías, fruterías y verdulerías nadie de nosotros podríamos tener comida en nuestras mesas o alimentos en el refrigerador. No solo llevan los kilos de carne para que los cocinemos con romero y pimienta, o la fruta para el desayuno con granola por la mañana, sino que proveen a los restaurantes y fondas de los cuales pedimos a domicilio. Son el primer eslabón de la cadena, la base de la pirámide y sin ellos ninguno estaría bien o a salvo. Los doctores y enfermeras que salvan vidas todos los días dependen de ellos para estar bien, los restauranteros no tendrían qué ofrecer sin sus productos, los repartidores se quedarían sin trabajo si no fuese por ellas y ellos. A todas y todos, gracias por ser héroes fuera de casa.

La identidad de los y las entrevistados fue modificada para proteger su seguridad. Se respetaron íntegramente sus palabras y pensamientos compartidos. Las entrevistas se realizaron respetando las medidas de confinamiento y sana distancia. 

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