Los Esenciales VI

Héroes fuera de casa: educadores

Texto por Verónica A. Lira Ortiz. Ilustración por Sofía Altieri @caos_ilustrado

A partir del 24 de marzo fueron suspendidas las clases presenciales en México para todos los niveles educativos.

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De acuerdo con el INEE, las escuelas públicas representan alrededor de 90% de la matrícula de educación primaria y secundaria, 85% de la de preescolar y 80% de la de educación media superior.

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Hasta el 21 de mayo, la Secretaría de Salud informó que hay 6 mil 510 muertes por Covid-19, 769 decesos sospechosos y 59 mil 567 casos confirmados de Covid-19 en México.

Papás hartos gritando al otro lado de la pantalla, niños medio dormidos fingiendo prestar atención, planes de estudio poco flexibles y arcaicos, tiempo inexistente para la vida personal o en familia. Miles de profesores a nivel nacional han tenido que adaptarse a una nueva realidad que no necesariamente ha pasado por una transición sutil y empática.

Joaquín cuenta que desde niño cuestionaba al sistema educativo mexicano, se quejaba con su mamá sobre los premios y castigos impuestos por los maestros. Al estudiar Psicología en la universidad, encontró en la enseñanza una gran pasión y al graduarse se convirtió en psicólogo y profesor de una primaria privada en el municipio de Naucalpan, Estado de México, donde lleva trabajando dos años. Al tratar con niños de todos los grados, pequeños desde 6 y hasta 12 años, Joaquín ha sido testigo de las diferencias en la adaptabilidad ante la situación del Covid-19. “Los chiquitos parecen no estar muy afectados, son muy maleables y no alcanzan a comprender las consecuencias de lo que está pasando. En mis alumnos de 5to y 6to ya comienzas a escuchar la desesperación y frustración por el encierro, pero se mantienen aun así al margen de la situación”, comenta Joaquín.

Como psicólogo y educador, Joaquín está profundamente interesado en la innovación de los recursos educativos tanto para alumnos como maestros y padres de familia, por lo que hace seis meses comenzó un diplomado para estar más preparado acerca del tema. Durante la cuarentena ha vivido los dos lados de la educación a distancia, no sin sentir estrés y un ocasional dolor de cabeza. “El cambio ha obligado a las escuelas a lidiar con recursos digitales y nuevos entornos de aprendizaje. El estrés de muchos proviene que hay que adaptarse, planear y generar contenido de otra manera. El proceso cognitivo de generar y traducir información ha hecho que trabajemos más”, cuenta el profesor. Sin contar las pocas capacitaciones ofrecidas a los maestros para este radical cambio, existe un déficit en cómo se acercan a los adultos y padres de familia a las nuevas estrategias y plataformas digitales. “Los padres están concentrados en aprender herramientas digitales, batallan teniendo una sola computadora para cuatro conferencias o clases. Aun cuando cueste trabajo, debemos forzar a los papás a adaptarse para que los niños también puedan hacerlo.”

“Los papás se acostumbraron a dejar la educación en manos de la escuela y ahora, éste es uno de los errores que estamos enfrentando. Se está padeciendo la dependencia de los padres hacia los maestros.”

Joaquín explica que no estamos hechos ni física ni emocionalmente para pasar gran parte de nuestro día frente a una pantalla, siendo lo que está del otro lado de ésta, nuestra única interacción con el mundo. Sin embargo, aun cuando esto es la principal causa del dolor de cabeza, ojos y estrés de muchos, es la comunicación entre hijos, padres y maestros lo que es realmente preocupante. Son los pocos padres y madres de familia quienes se involucran y participan activamente en la educación de sus hijos, pues históricamente la “educación se ha enfocado demasiado en los niños y poco en sus cuidadores”. La nueva realidad nos ha enfrentado a esto. “Los papás se acostumbraron a dejar la educación en manos de la escuela y ahora, éste es uno de los errores que estamos enfrentando. Se está padeciendo la dependencia de los padres hacia los maestros”, afirma Joaquín a unos minutos de iniciar su sesión de 40 minutos.

Erika lleva 24 años dando clases a nivel primaria y preescolar. Actualmente es maestra de primero de primaria de una escuela privada ubicada al sur de la Ciudad de México y tiene alrededor de 40 alumnos. Al estar en contacto con niños pequeños, Erika ha aprendido acerca de la importancia del desarrollo psico-emocional de las infancias, de cómo primar los sentimientos sobre el conocimiento bruto. Tras la cancelación hace dos meses de las clases presenciales, todo cambió para profesores como Erika, para quien la cercanía a sus alumnos y la capacidad de compartir más que el verb to be, son lo que más extraña.

Erika cuenta que la planeación de las clases ha cambiado radicalmente pues cada clase es una clase abierta en la cual los padres de los pequeños se sientan con ellos, provocando que muchos niños se muestren menos abiertos y los padres sean quienes realizan las actividades y tareas a la perfección. Siendo inglés una materia de revisión constante a nivel básico y con poco peligro de rezago, Erika está más preocupada por el bienestar de sus alumnos que por la veracidad de las calificaciones. “Las calificaciones no son reales, los ejercicios son perfectos, las tareas están hechas por los papás. Hasta el coloreado de los niños ya no es suyo. Lo que me queda entonces es apoyar a la tranquilidad de las familias”, comenta la maestra mientras planea nuevos juegos para mañana.

“Las calificaciones no son reales, los ejercicios son perfectos, las tareas están hechas por los papás. (…) Lo que me queda, entonces es apoyar a la tranquilidad de las familias.”

Salvo el caso de una familia cuya religión le impide el uso de recursos digitales y televisión, Erika no se ha enfrentado a alumnos con importantes deficiencias económicas o falta de recursos. Los padres de los niños tuvieron incluso la oportunidad al inicio de la cuarentena de acudir a la escuela a recoger el material de sus hijos para que éstos pudieran trabajar directamente en sus libros y cuadernos. Sin embargo, su escuela pareció olvidar la condición de los maestros pues fueron algunos de ellos quienes se enfrentaron a problemas socio económicos y a la falta de herramientas, como computadoras o tablets. La escuela prestó el equipo que se encontraba en la misma para garantizar la existencia de la educación a distancia. “Creo que como maestros nuestro trabajo nunca ha sido valorado, esta situación no me causa ninguna novedad. Tenemos que darnos cuenta que enseñar es un trabajo en equipo con los papás, todos queremos ver cómo los ayudamos”, afirma Erika.

Rodrigo es un profesor de matemáticas a nivel primaria y secundaria en un municipio al suroeste del estado de Morelos más de 100 alumnos. Él, a diferencia de otros colegas como Joaquín y Erika, comenzó su carrera pedagógica dando clases debajo de un árbol en una comunidad rural. Hoy después de 38 años de servicio y a punto de jubilarse, Rodrigo se enfrenta al reto de la educación a distancia. Ni siquiera después del sismo de 2017 cuando parte de su escuela sufrió daños estructurales y fue derrumbada, había sentido tanta incertidumbre y había sido forzado a transformar todo lo que alguna vez conoció. Rodrigo cuenta que a finales de marzo cuando todo iniciaba, la junta técnica de sus escuela pidió a los maestros que prepararan trabajos y actividades que serían enviadas por los estudiantes. Sin embargo, conforme la situación agravaba, los recursos comenzaron a agotarse.

Con la fortuna de tener una computadora en casa y dos hijos universitarios dispuestos a ayudarlo, Rodrigo buscó contactar y enseñar a sus alumnos por su cuenta. “Antes que la escuela diera algo, yo empecé a reunirlos por grupos de Facebook y Whatsapp, luego migramos a un [Google] Classroom. Después de unas semanas se nos dio otra plataforma oficial y nos movimos, pero con cada cambio perdía alumnos. Empecé reuniendo alrededor de 31 alumnos por grupo y ahora tengo poco menos de la mitad”, cuenta Rodrigo. Adicionalmente encontró en las únicas dos papelerías con servicio a puerta cerrada, una posibilidad de proveer a sus alumnos de copias con actividades. Una vez cerradas, la situación se complicaba, recurriendo entonces a celulares de baja calidad y confianza a ciegas en sus estudiantes. De acuerdo con el profesor, la falta de recursos es lo que mayor impacto ha tenido sobre los estudiantes y sus familias, pues la mayoría no son dueños de una computadora o tablet.

“Algunos alumnos me dicen que su papá no tiene trabajo, que no tienen para comer ese día. Hay algunos que pueden trabajar los días sábados porque solo ese día les prestan el celular sus papás y el resto de la semana ayudan a vender quesos.”

La desigualdad entre la educación pública y privada en el estado ha sido siempre muy visible, pero ahora ésta se ha exacerbado dentro de los mismos colegios públicos. De sus 40 alumnos de primaria, Rodrigo sólo ha podido contactar a cinco, quienes debido a la falta de acceso a internet y recursos digitales, terminarán sus ciclo escolar con las tele-clases transmitidas por la Secretaría de Educación. “Algunos alumnos me dicen que su papá no tiene trabajo, que no tienen para comer ese día. Hay algunos que pueden trabajar los días sábados porque solo ese día les prestan el celular sus papás y el resto de la semana ayudan a vender quesos. Otros viven en comunidades lejanas y no tienen acceso a comunicación, ni celular ni nada”, cuenta Rodrigo quien también cuida a su madre enferma y con más de 80 años de edad.

Ilustración por Sofía Caos Ilustrado Altieri. @caos_ilustrado

Pilar lleva más de 30 años en la misma institución privada de educación media ubicada en el Estado de México. Actualmente es directora de departamento y además de dar clases, coordina a 26 profesores de ciencias sociales, humanidades y negocios. A pesar de que su escuela es una de las más pequeñas del sistema institucional con alrededor de 600 alumnos, tiene el nivel socio económico más alto. Los problemas de recursos entre los estudiantes son nulos o muy pocos, claro que existen problemas de conectividad pero nada que pudiese frenar su acceso a una educación a pesar del confinamiento. Las plataformas de enseñanza y aprendizaje han tenido una transición sutil en la institución de Pilar, los profesores pasan por constantes capacitaciones y los grupos de bienestar emocional están al pendiente de los estudiantes.

A pesar de todo, las estrategias para medir la atención y comprensión de los estudiantes se han hecho cada vez más retadoras. La directora explica que hay un nivel de incertidumbre sobre qué tanto y qué tan bien están aprendiendo los alumnos, pues el contacto humano y visual es ya inexistente. “Al inicio había mucho entusiasmo por el cambio, pero con el tiempo se hicieron más pasivos. Sin importar su circunstancias, la transición ha sido pesada y difícil para muchos”, comenta Pilar. Otras dificultades se han presentado al medir las competencias de los alumnos y evitar casos de plagio, que parecen ser poco comunes pero han aumentado durante el confinamiento, así como la sospecha de profesores que se niegan a aplicar exámenes “a cámara cerrada”. Y luego por supuesto está el balance de la vida personal y profesional de los profesores, quienes ahora trabajan el doble de horas para, no solo preparar sus clases, sino presentar los debidos informes ante las autoridades escolares.

“Este cambio ha afectado el balance de la vida laboral y personal. El aprender una habilidad nueva en la cuarentena no existe, trabajo los fines de semana y cosas que podían salir de manera presencial ahora tardan horas para completarse.”

La mayoría de los alumnos de la escuela de Pilar hacen intercambios al extranjero cada semestre, en esta ocasión muchos fueron de vueltos a México y re-adaptados a grupos especiales. Lo que para muchos podría parecer algo necesario, para ellos y ellas representó una experiencia traumática al perder lo que potencialmente era la mejor experiencia de sus vidas. Adicionalmente, debido a las circunstancias actuales en México y el mundo los intercambios de verano y posiblemente del próximo semestre serán cancelados. Esto representa un cambio crucial en la operación de la escuela y las expectativas de sus jóvenes y profesores.

Abigail ha sido maestra universitaria por más 15 años, tanto en instituciones públicas como privadas. Por años ha presenciado las distintas situaciones socio económicas de sus alumnos y de las mismas universidades, igualmente se ha enfrentado a modelos educativos distintos que deben adaptarse de acuerdo a los objetivos de cada institución y los recursos de las mismas. A pesar de tener experiencia dando clases a distancia, la contingencia por el Covid-19 obligó a profesores como Abigail a trasladarse a plataformas digitales en menos de una semana, con cualquier recurso que se tuviese disponible. “La migración de las clases presenciales a virtuales debió asumirse entendiendo que los medios y las necesidades son muy distintas. No se migró con los mismos recursos ni con las mismas habilidades a las que estábamos acostumbrados”, comenta la profesora universitaria.

Sobre esta migración que comenzó a finales de marzo, con algunos entrenamientos talleres sobre las nuevas plataformas, Abigail cuenta que hubo sentimientos conflictivos de ambos lados de la ecuación: profesores y alumnos. La planeación didáctica tuvo que repensarse, el acercamiento emocional a los alumnos y entre estudiantes cambió radicalmente y las estrategias de comunicación tuvieron que perfeccionarse. Nuevos retos se originaron para profesores como Abigail al estar casi imposibilitados de medir efectivamente cuánto funcionaban sus estrategias de enseñanza en el mundo digital. Los retos de la nueva realidad se agudizaban al hablar sobre la salud mental de los alumnos y sus educadores. “He tenido varios alumnos con casos severos de depresión y ansiedad derivados del confinamiento, pero todos en general se sienten abrumados y preocupados. Muchos no comprenden que ahorita lo más importante es la salud en todos los términos y no la escuela, que por ello debe haber una flexibilización de dinámicas”, cuenta Abigail tras haber evaluado de manera distinta a una alumna cuya ansiedad no le permitió exponer frente a sus compañeros aun de manera remota.

“Ser papá no es equivalente a ser maestro, por eso los hijos son enviados al colegio. Ahora hay muchos papás que, no es que no quieran apoyarlos, simplemente no pueden. Muchos se han quedado sin empleo, otros sencillamente no tienen la preparación para hacerlo.”

Además de ser una profesora universitaria con más de seis grupos, Abigail se ha convertido en una maestra de primaria, pues en casa debe preocuparse por la educación de sus hijos pequeños. A diferencia de la mayoría de los padres de familia mexicanos ahora enfrentados a las clases televisadas o en plataformas digitales, Abigail cuenta con habilidades pedagógicas y académicas que pueden facilitar la enseñanza de sus hijos. “Ser papá no es equivalente a ser maestro, por eso los hijos son enviados al colegio. Ahora hay muchos papás que, no es que no quieran apoyarlos, simplemente no pueden. Muchos se han quedado sin empleo, otros sencillamente no tienen la preparación para hacerlo”, argumenta Abigail. El problema se basa también en la inhabilidad y falta de preparación de la autoridad que exige a maestros cumplir con ciertos resultados y quienes a su vez exigen a estudiantes y padres de familia entregar tareas interminables y completar un cierto nivel académico. Es una cadenita basada en el desconocimiento y falta de empatía.

Los y las profesores siempre han sido una parte crucial en el desarrollo de las infancias y adolescencias. Son ellos y ellas quienes se preocupan por nuestro desarrollo y contribuyen a nuestro crecimiento personal y profesional. En su mayoría nos dotan de conocimientos más allá de sumas y restas o verbos conjugados. Conforme avanza el confinamiento, nos damos cuenta de su valor e importancia. Nuestros educadores tienen sus propias vidas y preocupaciones y a pesar de ello, a diario intentan mantenernos cuerdos y en constante aprendizaje. A Joaquín, Erika, Rodrigo, Pilar y Abigail, gracias infinitas.

El nombre de los y las entrevistados fue modificada para proteger su identidad. Se respetaron íntegramente sus palabras y pensamientos compartidos. Las entrevistas se realizaron respetando las medidas de confinamiento y sana distancia. 

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