Los Esenciales VII

Héroes fuera de casa: doctores especialistas

Texto por Verónica A. Lira Ortiz. Ilustración por Sofía Altieri.

Datos del Instituto Nacional de Salud Pública indican que hasta 2018, había 1.1 médicos especialistas por cada mil habitantes en México.

Photo by Edward Jenner on Pexels.com

Para finales de mayo, el personal de salud en México habría registrado al menos 111 muertes y 8 mil 544 casos confirmados de COVID-19. De éstos, 37% son médicos especialistas.

Ilustración por Verónica Lira

Hasta el 4 de junio en México se habían registrado 105mil 680 casos confirmados y 12 mil 545 muertes por Covid-19.

Ilustración por Verónica Lira

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“Los Esenciales” por Verónica Lira

Lesiones alrededor de los ojos y mejillas, guardias de ocho horas, impotencia al ver pacientes empeorar, alivio al verlos sobrevivir. Sin curas y más casos cada hora, con más preguntas que respuestas, los médicos especialistas están en primera línea luchando contra el Covid-19 y salvando la vida de nuestros seres queridos. No son aplausos lo que necesitan, sino más recursos, protección y empatía.

Ana es una médico anestesióloga con más de tres años de experiencia y quien trabaja en hospitales privados alrededor de la Ciudad de México. Diaro se traslada de un hospital a otro, cruzando la ciudad, dependiendo dónde se encuentren sus pacientes. Conforme avanza la epidemia del Covid-19, Ana toma más y nuevas medidas de protección. Su esposo es un médico radiólogo intervencionista, por lo que en casa la desinfección y prevención se vuelve más fácil pero el miedo y el estrés se viven al doble.

“Tenemos que tratar a todos como casos positivos por la falta de pruebas o la falta de certeza que éstas suelen arrojar. Me ha pasado que la mitad del procedimiento entran a decirnos que el paciente es positivo.”

Al trabajar para una red de hospitales privados y no tener una guardia permanente, Ana ha permanecido, de cierta manera, al margen de la línea de batalla por el Covid-19. Pues, a diferencia de otros colegas anestesiólogos, ella no se encarga de entubar a aquellos enfermos en necesidad de un ventilador y supervisar el estado de pacientes infectados en el área de cuidados intensivos. Sin embargo, Ana no ha estado exenta de tratar con pacientes sospechosos o confirmados que necesitan alguna cirugía y del expertise de la doctora. “Las cosas han cambiado mucho. Parecemos estudiantes de nuevo, aprendiendo y desaprendiendo todos los días, tomando pasos distintos y conociendo a los pacientes solo disfrazados detrás de varias capas”, explica la doctora.

Sus cirugías existentes suelen ser urgencias, aunque no falta la persona que quiere operarse la nariz o los senos en medio de la pandemia mundial. Sin embargo, ninguna operación puede realizarse sin una prueba de Covid-19 en el paciente, sea una prueba viral o una tomografía de los pulmones. El número de pruebas continúa siendo insuficiente en nuestro país, los laboratorios continúan estando saturados y además obtener un resultado tarda entre 12 y 48 horas. Esto provoca un retraso en las cirugías o que los y las doctores operen sin tener un resultado concluyente. “Tenemos que tratar a todos como casos positivos por la falta de pruebas o la falta de certeza que éstas suelen arrojar. Me ha pasado que la mitad del procedimiento entran a decirnos que el paciente es positivo”, explica Ana. Los procedimientos que involucran una anestesia general son aquellos en los que el paciente necesitará un apoyo respiratorio, es decir que debe entubarse. Estar en contacto con la vía respiratoria representa un gran peligro de contagio para los doctores, por lo que actualmente se ha invitado a ciertos pacientes con cirugías en donde la anestesia general no es necesaria, a permanecer respirando sin apoyo y ser operado con anestesia regional. “Los pacientes se impresionan cuando les pides esto, pero una vez que les explicas los riesgos, entienden. Nadie se ha negado hasta ahora a ayudarnos a protegernos y protegerse”.

Entonces, para llevar a cabo el cuidado de estos pacientes y cualquiera de estos procedimientos los doctores deben portar un equipo de protección compuesto por el cubrebocas N95, goggles, botas, traje desechable y careta. Un verdadero infierno, en palabras de la anestesióloga. “Todos tenemos lesiones en la cara por la presión de los cubrebocas y goggles. Pero prefiero una cara marcada que contagiarme”, dice Ana, quien se preocupa al ver más movimiento vehicular y peatonal al salir de los hospitales.

Ismael es un médico anestesiólogo intensivista que trabaja en la unidad de cuidados intensivos (UCI) de instituciones públicas y privadas en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Trabaja en la institución pública de 7 am a 3 pm todos los días y además tres días a la semana tiene un turno nocturno de 8:30 pm a 7 am en un hospital privado. Nunca descansa, si no está en los hospitales está en casa leyendo o investigando nuevas co-relaciones entre medicamentos o padecimientos con la mortalidad del Covid-19. El doctor comenta que al trabajar en un hospital regional de alta especialidad, se le dio seguimiento a la epidemia incluso antes que llegase a México, teniendo con tiempo mecanismos y protocolos de prevención y atención. Por su parte, él salió de casa para permanecer aislado en un departamento y evitar contagiar a sus seres queridos; lleva más de tres meses sin poder abrazar a alguien.

El 15 de abril llegó el primer paciente Covid a la UCI, pero para ese momento Ismael y sus colegas contaban ya con todo el equipo de protección y el miedo era menor. Hasta el día de hoy las camas reservadas para pacientes Covid en la UCI, no se han llenado, su hospital aún no conoce esa saturación pero la historia pronto podría cambiar con la reapertura gradual y el regreso a las calles. “Ciudad Victoria cuenta solo con 44 ventiladores. Si de golpe se contagian mil personas, al menos treinta ocupan ventilador, además de aquellas que estén ya hospitalizadas y se agraven. Mucha gente fallece porque no tiene ventilador, pero no trata solo de comprar ventiladores sino tener médicos que lo sepan operar”, explica Ismael quien asegura que los ventiladores no pueden garantizar la supervivencia de un enfermo de Covid-19.

“A nosotros no nos dan ningún premio si sobreviven los pacientes, todo lo extra que hagamos, lo hacemos por amor al arte. Estamos encargados que en nuestra terapia no mueran las personas y no lo ves como una tarea o un sufrimiento.”

Siendo el encargado de entubar a los pacientes a los ventiladores y el experto en manejar la vía respiratoria de los pacientes en la UCI, Ismael pasa al menos siete horas con equipo de protección que le imposibilita comer, tomar agua, ir al baño o interactuar con alguien más. Son siete horas con un traje de plástico, goggles, careta, máscara N95, doble guante y botas a 40ºC, característicos del norte de México. A las 10pm Ismael toma agua e ingiere alimentos por última vez para evitar ir al baño. “Han habido veces que me he puesto pañal por la enorme carga de trabajo. Aguantarse las ganas es horrible, además que existe un riesgo de infecciones en vías urinarias o afectaciones al riñón”, cuenta avergonzado el doctor una realidad que pocos imaginan. Además de estos sacrificios, el anestesiólogo tiene ya un hematoma grande en la base de sus cejas y marcas debajo de sus mejillas, curados únicamente con Vitacilina y cambios de goggles. “A nosotros no nos dan ningún premio si sobreviven los pacientes, todo lo extra que hagamos, lo hacemos por amor al arte. Estamos encargados que en nuestra terapia no mueran las personas y no lo ves como una tarea o un sufrimiento”, dice Ismael quien al terminar la llamada leerá varios artículos sobre nuevos descubrimientos del Covid-19 en otros países. El doctor comenta que fuera de encontrarse con incrédulos caminando por la banqueta frente a su hospital, la experiencia que más le ha impactado es la fragilidad del ser humano ante un virus que continúa siendo desconocido y para el cual no existe cura. “[A un paciente que había mostrado mejoría] le dimos todos los medicamentos y no pudimos salvarlo. Fue algo tan impresionante… en un momento que creías salvarlo, se te muere. Es una gran impotencia pensar que todo lo que hiciste y prendiste no fue suficiente.”

Ilustración por Sofía @caos_ilustrado Altieri

Felipe es un médico pediatra con más de 30 años de experiencia, quien además de trabajar en el Instituto Nacional de Perinatología e instituciones privadas, se dedica a la docencia e investigación. Sus jornadas diarias van de 7am a 8pm entre atención en la institución pública y consultas privadas en la CDMX y área metropolitana. El Covid-19 es la tercera pandemia que experimenta el doctor, siendo el brote de sarampión en los 1990s y la influenza en 2009 las primeras dos. Por lo que las medidas de protección, sana distancia y prevención no eran algo nuevo, sin embargo, ahora más que nunca le quedan más preguntas que respuestas sobre una enfermedad que está todo menos controlada.

Fuera de la alegría con la que se anuncia la llegada de un bebé sin contagio por la nueva sepa del Covid, poco se habla sobre los efectos del Covid-19 en los niños y adolescentes. Sin mucha información disponible para la población general y escasos estudios médicos concluyentes sobre la situación de los infantes, los mensajes por Whatsapp, las llamadas telefónicas y los correos electrónicos saturan más que nunca las redes de Felipe. “Algunos responden con miedo sobre posibles síntomas, otros desde el pleno desconocimiento. Un paciente adolescente incluso me escribió si podía ir de fiesta a Puerto Vallarta,” comenta el doctor. La situación es variada y los posibles efectos lo son aún más, por ello para Felipe las guías clínicas son la base para poder comprender los pasos a seguir y establecer un tratamiento efectivo.

“Se trató de difundir por medios electrónicos sin eficacia, pues muchos no tienen internet o recursos. Nunca les llegó una prueba fehaciente que esto existía ni información de prevención. (…) Si los papás no se protegen, usan cubrebocas y lavan las manos, los niños tampoco lo van a hacer.”

Habiendo atendido ya a varios niños y niñas infectados por Covid-19, el doctor explica la diferencia en la sintomatología de sus pacientes, así como los efectos que la enfermedad pueden tener sobre los infantes, que pueden incluir meningitis, neumonitis, hepatitis e incluso la enfermedad de Kawasaki. Hasta el momento el pediatra ha tenido tres pacientes que han necesitado de cuidados especiales, dos niños de tres y cuatro años respectivamente y un adolescente de 19 años. Sin embargo, ha asistido a nueve mujeres y a sus recién nacidos, algunos de los cuales han tenido que nacer de manera prematura debido al riesgo que padecían sus madres. Felipe cuenta la impactante historia de una mamá con Covid-19 postivo asintomático y su recién nacida que con tan solo 27 semanas ya también era un caso confirmado. Ambas sobrevivieron y se encuentran estables. “Es una experiencia muy diferente para estas mamás, no pueden tocar a su bebé, alimentarlo y estar cerca a ellos. Muchas han decidido no lactar, aún cuando sea por extracción y apoyo secundario, por miedo de infectar a sus hijos”, cuenta el doctor.

Para Felipe siguen habiendo más dudas que respuestas sobre cómo se ha tratado esta enfermedad, los procedimientos y mecanismos gubernamentales para informar a la población. “Se trató de difundir por medios electrónicos sin eficacia, pues muchos no tienen internet o recursos. Nunca les llegó una prueba fehaciente que esto existía ni información de prevención. (…) Si los papás no se protegen, usan cubrebocas y lavan las manos, los niños tampoco lo van a hacer.”

Andrés es un médico cirujano transplantólgo quien trabaja en un hospital privado del Estado de México. Teniendo una especialidad poco conocida en México y rodeada aún de muchos tabúes, comunicar su trabajo no resulta algo fácil. Además de las personas de la tercera edad y los pacientes con enfermedades crónicas, las personas que han tenido algún transplante son también un grupo altamente vulnerable ante el Covid-19. Alrededor del 60% de los pacientes de Andrés son personas de escasos recursos que han recibido un órgano y la atención necesaria en su recuperación gracias a fundaciones y colectivos. Los transplantes fueron suspendidos a nivel nacional desde el 24 de marzo.

“Esta pandemia está cambiando la forma de hacer medicina. ¿Qué tanto pueden ser unos síntomas indicativos de Covid-19 y qué tan rápido debemos realizar las pruebas?”

Como la mayoría del personal de salud, Andrés ha sentido un gran miedo por contagiarse y poner a sus seres queridos en peligro. A pesar de estar yendo al hospital únicamente cuando alguno de sus pacientes se presenta y sin una guardia establecida, la preocupación es algo latente. “Muchos médicos mayores o con enfermedades crónicas fueron mandados a sus casas, esta epidemia en muchos lugares está tratándose por los médicos jóvenes, los residentes voluntarios”, comenta el joven cirujano. Las normas para protegerse son las mismas que en otros hospitales, careta, guantes, N95… cuatro baños diarios y periodos cortos de tiempo en contacto directo con pacientes.

Andrés explica que al ser un virus sin una cura o un tratamiento específico, con síntomas nuevos cada semana, reconocer cuando se trata de Covid-19 se ha convertido en reto mientras se esperan los resultados de las pruebas. Un señor de 63 años, paciente de Andrés y con cuatro años de transplante de riñón y diabéticos, llegó con síntomas muy distintos a los que se informan en la televisión o panfletos, delirio, desorientación e irritabilidad. El señor era un caso positivo, sin embargo su sintomatología y tratamiento fue totalmente diferente al de cualquier otro paciente Covid, pero sus síntomas resultaron distractores al ser poco comunes. “Esta pandemia está cambiando la forma de hacer medicina. ¿Qué tanto pueden ser unos síntomas indicativos de Covid-19 y qué tan rápido debemos realizar las pruebas?”, se cuestiona el doctor.

Andrés explica que ahora y por lo menos en un futuro cercano, es factible que lugar de pensar que un paciente tiene una simple diarrea por una infección gástrica, se asumirá que es Covid-19; o por el contrario, se tratara como se ha hecho normalmente corriendo el riesgo correr el riesgo que sea un caso positivo. La línea parece aún ser muy delgada.

David trabaja como médico cardiólogo en un hospital público de alta especialidad en la CDMX, así como en consultorios privados. Su hospital aún no ha sido designado como Covid, sin embargo al estar en el área de urgencias, encontrarse con casos positivos suele ser algo común. Como cardiólogo ha notado una baja en la incidencia de infartos que llegan a su hospital, explica que esto puede deberse al temor de los pacientes por contagiarse en las clínicas y que los infartos continúan existiendo con las personas en sus casas temerosas, de morirse por otro padecimiento desconocido.

Un virus invasivo que afecta al corazón con la formación de coágulos, trombos en arterias coronarias y pulmonares y una inflamación, ataca a sus receptores desde varios frentes. El doctor explica que uno de los factores de riesgo más relevantes en los pacientes registrados en México es la obesidad. Siendo un país con más del 40% de su población con sobrepeso, en la actualidad no corremos el riesgo de presentar un problema cardiaco, sino de contagiarnos y agravarnos por Covid-19.

“La gente no coopera y no entiende que el negar síntomas, decir mentiras u omitir información, además de no poderle ayudar como se debe, pone en riesgo a personal de salud y a otros enfermos. Es una serie de problemas que comienzan desde la desinformación”

El mayor problema al que se ha enfrentado el médico ha sido la negación de síntomas por parte de pacientes. Teniendo como primer filtro general un interrogatorio y la toma de signos vitales, han sido varios los pacientes que por temor a no ser atendidos o viviendo en una negación, ocultan sus síntomas a los y las enfermeras y doctores. “La gente no coopera y no entiende que el negar síntomas, decir mentiras u omitir información, además de no poderle ayudar como se debe, pone en riesgo a personal de salud y a otros enfermos. Es una serie de problemas que comienzan desde la desinformación,” comenta David. Ha llegado el punto entonces en el que como médico de urgencia debe asumir que “todo el mundo es culpable hasta demostrar lo contrario. Todos son potencialmente pacientes contagiados.”

Como la mayoría de sus colegas, David sintió al principio un gran temor de contagiarse y lo que esto podría provocar en su familia. Ahora el miedo es distinto, más analizado y calculado, pues ya sabe qué debe hacer para estar lo más protegido posible. “El miedo es algo secundario al desconocimiento y a la incertidumbre de saber qué puede pasar.” Adicionalmente, la mezcla de emociones proviene también desde la crítica a cómo se maneja la información en medios y redes sociales, la famosa infodemia es una de las mayores preocupaciones de David. Pues para el doctor es esta desinformación la que eventualmente provoca que los pacientes mientan u oculten sus síntomas, poniendo en riesgo a un sinfín de personas.

Lo que nuestros y nuestras doctores necesitan no son aplausos y portadas en revistas, tampoco festivales de música y videos con comediantes. En nuestro país se necesita valorar el trabajo médico con mejores recursos, con propuestas bien encaminadas y mejores mecanismos de salud. Ellos y ellas necesitan de nuestra responsabilidad, consciencia y empatía. Son héroes al salvar la vida de nuestros seres queridos y la nuestra, pero son también trabajadores de un sistema que los continúa relegando. Sin poderles ofrecer más que mi sincera admiración y empatía, solo me queda decirles ¡gracias!

La identidad de los y las entrevistados fue modificada para proteger su seguridad. Se respetaron íntegramente sus palabras y pensamientos compartidos. Las entrevistas se realizaron respetando las medidas de confinamiento y sana distancia. 

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