GEMMA scholar 2021-23

Reflexiones rumbo a la maestría.

Qué curioso es que los logros y victorias se comparten, se celebran, se felicitan, se presumen, pero el proceso para llegar a ellos queda muchas veces en el olvido. Como buenos humanos, cada vez que ganamos algo, que obtenemos lo que queríamos desde hace mucho, que cumplimos nuestros sueños, parece que olvidamos todo lo que implicó llegar ahí. Borramos los llantos nocturnos, las inseguridades, el estrés y cuestionamiento constante; dejamos de lado las ocasiones en que alguien más nos animó, nos levantó, nos brindó su amor incondicional. Todo esto porque en el momento lo más importante es decir “Lo logré”. Y claro, es normal, toda la vida nos han romantizado la idea de los sueños y las metas, cómo el llegar es lo más importante de todo. Aunque irónicamente también nos han dicho que si no los alcanzamos en cierto periodo, a cierta edad, de cierta manera, valen menos.

Algo importante antes de comenzar con esta historia es mencionar que no todos los sueños se cumplen igual para todes, que hay factores que van más allá del trabajo constante y el esfuerzo – el privilegio, por ejemplo. Y yo no olvido ese privilegio que tengo, que he obtenido y que me han brindado a lo largo de mi vida. No invalido mi trabajo, esfuerzo, dificultades pero jamás les haré creer en esta fantasía al estilo de Zuckerberg o Bezos, el mundo no es así. Entonces hoy escribo, mientras veo los aviones pasar en el atardecer nublado, sobre lo que a veces callamos: el proceso que lleva a decir “¡Lo logré!”.

Decisiones

Los veintitantos, especialmente en su segunda mitad, son una etapa llena de decisiones que definen parcialmente nuestro futuro. Es el momento en que uno cambia de opinión una y otra vez, se reinventa, se cuestiona, se presiona por cumplir con una idea sobre “quién ya debes ser”. Son esa edad en la que lo quieres todo pero a la vez sabes que no puedes tenerlo, que sientes que te quedaste atrás – ¿atrás de qué? Quién sabe, pero ya vas atrasada o atrasado. Muchxs en la comodidad de su hogar, otrxs en su independencia, se enfrentan a las preguntas del millón “¿qué quiero de mi vida? ¿Qué busco? ¿Cuáles son mis sueños y cómo los lograré?”, las cuales llevan a otras “¿Realmente quiero esto o es una expectativa de otres? ¿Seré capaz de lograrlo? ¿Y si cambió de opinión después?”. Como una generación que no se conforma con lo que atravesaron nuestrxs padres y abuelxs, con una visión distinta sobre lo que es felicidad, comodidad, sueño y victoria, entramos a los años de las decisiones.

Personalmente la decisión de estudiar una maestría ha estado en mis planes de vida desde que tengo memoria, de adolescente decía que si no me llamaban “Dra. Lira” por estudiar medicina lo harían porque tendría un posgrado. Mi personalidad – organizada, aprensiva e intensa – determinó que yo estudiaría mi carrera profesional, trabajaría dos años y al cabo de ese tiempo estudiaría mi maestría. En diciembre 2020 se cumplirían esos dos años de graduada y con ellos el límite de tiempo impuesto para aplicar a distintos programas y por supuesto becas. Pero la decisión no era tan “simple” como querer estudiar un posgrado, para todes implica elegir un país, una universidad, un programa y estar en paz con dicha decisión. Para mí, una persona que se conforma con poco y se empuja siempre al grado de la frustración, no se trataba solo de hacer una elección basada en gustos sino en prestigio, reputación, beneficios y vida futura. A su vez, uno debe balancear esos deseos con las consecuencias de dejar atrás a tu familia, tu país, tu pareja y muchas otras cosas que te dan seguridad, certidumbre y comodidad. Para mí, esto fue lo que indudablemente pesó más.

Llegó agosto 2020 y con ello la decisión tomada “voy a aplicar a la maestría en Reino Unido o Estados Unidos”. Y así comenzó todo… Diario sin importar la carga de trabajo que tenía – la cual puedo describirla como una locura – buscaba programas y universidades. “Me gusta el ambiente de esta, pero esta otra tiene mejores materias; la ciudad de aquella es increíble, pero la otra tiene un centro de investigación increíble; esta tiene una especialización en políticas públicas, pero esta es más interseccional”, así una y otra vez me cuestionaba y anotaba todo en tablas y diagramas de Venn. Con 45 pestañas abiertas en mi computadora que sonaba ya más como un helicóptero intentando despegar, tomé una decisión: maestría en Estudios de género en el Reino Unido. La primer parte ya estaba, una decisión tomada. Ahora seguía la beca… sin beca imposible estudiar una maestría en México o el extranjero, el privilegio no nos da para tanto… Un no brainer: Chevening y/o Erasmus Mundus. Dos decisiones tomadas.

Entre miles de emociones, arribó septiembre y me di cuenta que hay una gran diferencia entre tomar una decisión y hacer algo con ella. Toca transformar esa decisión en acciones, pero ¿cómo hacerlo si apenas puedo decidir qué ropa ponerme al día siguiente? ¿Si estamos en una pandemia mundial con miles muriendo diario? ¿Cómo hacerlo cuando acabo de perder a alguien y estoy intentando no perderme yo? ¿De dónde saco la concentración, la fuerza, la paciencia, el esfuerzo si apenas logro no llorar a diario? Aún no tengo una respuesta concreta para esto, para cuando uno atraviesa una situación que cambia tu panorama por completo, pero para mí el recordar por qué había tomado esas decisiones y qué impacto podía tener el seguir adelante con ellas, le ganó a mi dolor, mi tristeza y soledad. Tres decisiones tomadas, la tercera: seguir adelante.

En máximo 500 palabras

Cuando aplicas a una maestría o en realidad a cualquier cosa en la vida adulta, hacer ensayos es un must. Al hacerlo, sabes que te enfrentarás al reto no solo de escribir, sino de contestar preguntas difíciles – incluso filosóficas – en un pequeño número de palabras. Ahora, imagina hacer eso no una, ni dos, ni tres veces sino hasta ocho o nueve. Habiendo decidido aplicar a dos becas tuve que enfrentarme a hacer aproximadamente cuatro ensayos por aplicación (sin contar los ensayos para cada universidad) que cuestionarían mi vida, mi futuro, mis sueños, mi trayectoria en máximo 500 palabras. Y es que como una persona a quien le apasiona escribir esto podría parecer fácil, pero siendo alguien a quien le cuesta reducir sus palabras y decir más en menos, escribir estaba lejos de ser simple.

Algo que pocas personas te dicen es que aplicar a un posgrado, especialmente con una beca prestigiosa, es increíblemente desgastante, estresante, frustrante y demás adjetivos. “Solo habla de ti, échate porras”, “Demuestra tu pasión y no necesitarás más”, “Explica porque tú y no alguien más” – son algunos de los consejos que uno recibe. Grandes recomendaciones, pero ¿son fácilmente puestas en práctica e interpretadas en papel? La respuesta inmediata es “no”. Llevar a cabo estos consejos y plasmarlos en menos de 500 palabra implica un duro proceso de reflexión, cuestionamiento y planeación. La pasión está ahí, pero ¿y la seguridad? Las ganas y motivación más presentes que nunca, pero ¿opacadas por síndrome del impostor? Personalmente en muchos momentos ganaba la inseguridad, se sobreponía mis listas de logros, victorias, pasiones y demás actividades que buscaba resaltar. La voz en mi cabeza decía continuamente “Pff, esto qué… no viste a X que ya hizo tal. O sea porque vas a competir contra Z y ella es mucho mejor que tú”.

Para diciembre 2020, en 500 palabras había explicado tres veces por qué y cómo soy una líder, dos veces cómo iba a cambiar a mi país, otras cinco sobre cómo la beca o programa se ajustaba a mis metas futuras y plan de vida, siete sobre por qué ese program/beca y no otro. Networking, conocimiento sobre Estudios de género, extra-curriculares, logros académicos y profesionales, un repaso de más de siete años de tu vida en menos de cuatro párrafos. Y es que el reto de contar toda tu vida en la menor cantidad de palabras posible va más allá de una cuestión narrativa, de gramática o redacción. Este ejercicio no solo te hace cuestionarte sobre quién eres y quién quieres ser, sino que de tener un resultado “no favorable” parece que sirve para decir ·todo esto que escribiste, todo esto que eres no es suficiente. Y nadie, nadie te prepara para eso.

La espera incierta

Los procesos de aplicación no suelen terminar con la entrega de ensayos y documentos que avalen tu capacidad y excepcionalidad, incluyen una serie de etapas o filtros a los que una puede o no clasificar. Por supuesto, los comités de selección te mantienen en suspenso y tú tienes de dos: o disfrutas tranquilamente el proceso, fluyes y te dejas llevar, o en busca de certidumbre y respuestas, te frustras y salen a flote tus inseguridades. La verdad es que no puedes decidir entre una y otra, ambas suceden y ambas son válidas. Algo que me enseñó la espera y la incertidumbre es que en la vida no hay blancos y negros, hay matices y gamas de todos colores. Los sentimientos, las expectativas, no pueden ser solo positivos o negativos. Las inseguridades, la frustración, el estrés y demás emociones vistas como desagradables deben tener su espacio para ser sentidas y reconocidas, así como su momento para ser guardadas y utilizadas en pro de nuestras metas.

Siendo una persona profundamente insegura y ansiosa, tiendo a exigirme más cuando esas sensaciones florecen. Por supuesto el manejarlas y balancearlas cosa fácil no es, están a veces a flor de piel afectándote y afectando a otros cercanos, pero merecen quedarse un breve momento, reconocerse, cuestionarse para después retirarse. Y la experiencia es distinta para cada quien. Mi pareja y yo decidimos aplicar a las mismas becas a Reino Unido, diferentes programas claramente, él aplicando adicionalmente a una beca en Estados Unidos. En ocasiones nuestros sentimientos eran similares, atravesábamos por los mismo altibajos y lo hacíamos de la mano; en otras uno se paralizaba más que ell otro, entraba en crisis y sufría más los impactos del tiempo o la ansiedad. El proceso es distinto para cada quien, pero algo esencial es tener un sistema de apoyo desde el inicio hasta el fin – para mí, él y mi mamá fueron los protagonistas de ese trampolín motivacional y de apoyo incondicional.

“Disfruta el proceso”, “Lo hecho, hecho está”, “El hubiera no existe, mejor olvídate de todo”, me repetían una y otra y otra vez. Agradezco a las personas que lo hacían porque sé que era desde un lugar de amor y apoyo , pero realmente era todo menos lo que quería siendo una pirata de certidumbre. Por un lado escuchaba eso y por otro, entre enero y marzo 2021 mi mente me repetía: “¿Y si no te llaman a la entrevista?” “Hubieras cambiado este párrafo a como te dijo X”, “seguro Z sí va a pasar y tú no porque es lo mejor que tu escuela/generación/trabajo tiene para ofrecer. Es mejor que tú”. Así, una y otra y otra y otra vez hasta el agotamiento, el cansancio.

Para marzo de 2021 llegó la primer noticia – entrevista con Chevening. Y con ello una lluvia de felicidad, emoción, nervios, expectativas, estrés y demás revueltas en un platón de emociones. Algo que deben sabes es que aún en mi ñoñez, suelo prepararme poco para los exámenes, presentaciones, debates y entrevistas – soy una persona que fluye con la improvisación y la espontaneidad. Entre más robótico y estudiado, menos Vero. Sin entrar mucho en detalle solo diré que después de tres semanas de estudiar y practicar cada noche con mi pareja, quien a su vez estaba atravesando por exactamente lo mismo, tuve mi entrevista en un estado catastrófico. Fui todo menos yo misma, me vestí como me sugirieron vestirme, repetía respuestas como las había aprendido, abrí parte de mi alma al contar que era un ajolote y fui rechazada meses después. El shock no solo de la incertidumbre que siguió a esos 45 minutos sino el pensar que eres insuficiente por tres meses y menos que otras personas conocidas a tu alrededor con una aparente confirmación a través de un seco correo, fue algo devastante.

Un mes después de mi primera entrevista (aún sin conocer el resultado) tuve una llamada de la segunda beca a la que apliqué: Erasmus Mundus. Contrario a la primera, no te daban semanas para prepararte sino solo un par de días. Yendo en una dirección opuesta a la Vero que se desvelaba estudiando y practicando diario después de su trabajo, decidí no dedicarle más de una hora en total a mi preparación y ser lo más espontánea y apasionada posible. Con un vestido azul de puntos amarillos y sombras rosas en mis ojos, la entrevista fue un éxito. Me sentí segura, cómoda, feliz; me sentí como yo otra vez después de meses y meses. Para mí la clave del éxito se basó en ser yo misma, pero este puede no ser el caso de todas las personas, porque de nuevo estos procesos son personales y por más consejos que puedan darte o tú puedas dar, la manera de vivirlos y enfrentarlos es radicalmente distinta.

Al menos un mes más de espera incierta pasó antes de conocer los resultados de ambas becas: había sido becada, había ganado lo había logrado. ¿Había disfrutado cada instante del proceso? No. ¿Aprendí a abrazar la incertidumbre y trabajar con ella en lugar de su contra? Sí.

Se logró, lo logré

Si algo he aprendido, y vaya que me ha costado aprender, es que una no siempre puede ser la mejor, que ese es un concepto extraño, vacío y efímero, que depende de lo que cada quien considera “mejor”. Pero, ¿mejor según quién? ¿Mejor para quién? Nadie sabe, todos, todas y todes tenemos una métrica de comparación distinta, el éxito se ve distinto para cada quien. Lo importante acá es preguntarse qué es el éxito para uno mismo, por qué lo consideramos así y no dejarnos influenciar por lo que alguien más dice que significa “ser le mejor”. Y es que las victorias son logros, metas cumplidas, sueños en camino a realizarse y se ven diferente para cada quien.

Ganar no siempre significa ser le mejor.
Ganar también es perder porque no hay victorias sin sacrificios.
Ganar no es cuestión de suerte, te lo prometo. Tu esfuerzo, tu trabajo, tus lágrimas, tus sonrisas y todo lo que hiciste en el proceso suman y te permitió llegar a donde estás ahora. Aun si suena contradictorio, ganar no es algo que SOLO sucede con esfuerzo e ingenio, las victorias también hablan de nuestro privilegio, el acceso que tenemos a distintos recursos y oportunidades.
Ganar es algo que haces solx pero siempre acompañadx.

Aún con síndrome del impostor, inseguridades que de pronto toman el foco, hoy sentada mirando los aviones aterrizar y los días lluviosos transcurrir, finalmente puedo decir “lo logré”.

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